lunes, 2 de mayo de 2016

Salle d’attente. 5. v2.

  

 
Sa gorge prend feu.
Assise en pyjama au milieu des coussins, le teint blafard, les yeux abattus, elle reste aphone devant l’incendie.
Amigdalitis aguda* a déclaré le médecin pendant qu’il lui éclairait le pharynx avec sa lampe de poche.

Alors cette fois-ci, oui ! Elle crève, crève, crève pour de bon. ENCORE !
Elle exagère. Menteuse, menteuse, menteuse ! Non je ne suis pas une menteuse ! C’est ma vérité !

Elle sur-joue son joli rôle de victime taillé sur mesure.

Histrionique.

Elle aimerait être couchée dans une chambre très blanche d’hôpital. La lumière passerait à travers les lamelles en plastique des persiennes. On verrait danser les infimes particules de poussières dans les rayons du soleil comme dans les films bon marché.  On pourrait croire que Dieu est au rendez-vous. Tous les hommes qui l’ont aimé se tiendraient là, debout, autour d’elle et ils se pencheraient, attendris, au-dessus du lit de la femme à l’agonie comme on se penche sur le berceau d’un bébé à sa naissance.
Quand elle acceptera sa mort, elle acceptera sa vie.

Petit oiseau, petit oiseau, petit oiseau notés les uns sous les autres, à côté de chaque ligne. Elle a listé de A à Z toutes les choses à faire, les saints devoirs et les durs impératifs. À la lettre M : ne pas oublier d’être très malade.

Coché.

Dans sa chambre réelle, sans ex-amants et sans poussières qui virevoltent,  elle est terrorisée, ankylosée, garrottée, comme n’importe qu’elle Marylin. Deux cents numéros enregistrés minutieusement dans la mémoire du téléphone mais personne pour  avoir la gentillesse de lui beurrer ses tartines le matin. Elle reste dans l’expectative. Une solitude citadine conventionnelle.

Ils ont enfin réussi à la faire tomber de son piédestal de femme libre. Trophée de papier glacé, papier mâché, papier de soie froissé. Ils l’ont sucée jusqu’à la moelle, piétinée sans remords. Il reste une énigme. Ils.

Elle conclut sévèrement. Elle a bien peu d’épaisseur dans les yeux des autres. Elle ressasse.

Combien de fois elle se relèvera ? Combien de fois elle essuiera ses genoux plein de boue ? Combien de fois elle passera à la machine ses fringues imprégnées d’alcool et de tabac ? Combien de fois avant de se balancer par la fenêtre, dire merde au monde et allez vous faire foutre ?
Et pourtant…elle se croit plus dense que le mercure, plus brillante qu’une étoile géante, plus inspirante qu’une lune gibbeuse…

Elle couche des phrases et encore des phrases sur les lignes du cahier pour dénouer ce qu’ils ont voulu lui faire taire. Main sur la bouche.
Il reste une énigme. Ils.

Elle déclenche une guerre civile intérieure.

Elle bute sur un OINI, un objet inconscient non identifié.

Elle écrit, réécrit, exhume les cadavres, ressuscite les paroles et s’embourbe toujours dans le même scenario. Elle creuse à la recherche des souvenirs tronqués, des fragments d’os, des parfums d’enfance. Elle met en place les fondements d’une archéologie personnelle. La souffrance, une fois passée par le filtre de l’écriture, devient agréable à entendre.

Le texte n’avance pas.  Et il ne fait rien d’autre que jouer les prolongations. Elle tourne en rond devant le narthex. Elle a beau se flageller en compagnie des autres pénitents, les mots qu’elle égrène ne font pas sens.

Il manque le dernier tableau mais elle est arrivée au bout de l’histoire. Alors il faut rembobiner la cassette.

 
 
 
21 avril. 1.15 am. Maternité de la clinique de Chenôve.

Poussez, madame, poussez ! Encore, encore, encore. Stop, reprenez votre respiration. Allez, maintenant, on y va, poussez, poussez, on se dépêche.

Je suis trop vieille, je n’ai plus la force.

Un bébé tout vert est sorti de son ventre. Couvert de méconium. Temps d’accouchement trop long, bien trop long, diminution de l’oxygénation, État Fœtal non Rassurant ; dans l’utérus, le bébé écrasé par le poids de la douleur s’est vidé de son jus vert grumeleux.

F.L.B. est née emmaillotée dans sa propre merde à force d’attendre qu’on veuille bien la laisser entrer dans la vie.

Putain de merde. Salle d’attente de merde.

Souffrir d’attendre.

 


*amygdalite aiguë.

 
Version originale, 22 juin 2006.
Version blog 1, 26 septembre 2012.
Version blog 2, 23 avril 2016.

Sala de espera. 5.


 

Su garganta se prende en fuego.

Sentada en piyama entre los cojines, la tez cetrina, los ojos abatidos, ella permanece afónica ante el incendio.
Amigdalitis aguda* declaró el médico mientras le iluminaba la faringe con su linterna.

¡Así que esta vez sí! Ella muere, muere, muere de verdad. ¡OTRA VEZ!
Ella exagera. ¡Mentirosa, mentirosa, mentirosa! ¡No, yo no soy mentirosa! ¡Es mi verdad!

Ella se sobre actúa en su papel de víctima, cortado a su medida.

Histriónica.

A ella le gustaría estar acostada en una habitación de hospital muy blanca. La luz pasaría a través de las láminas de plástico de las persianas. Se verían bailar las ínfimas partículas de polvo en los rayos del sol como en las películas baratas. Se podría creer que Dios fue citado. Todos los hombres que la amaron estarían allí, de pie, a su alrededor y se asomarían, enternecidos, por encima de la cama de la mujer en agonía como uno se asoma en la cuna de un bebé en su nacimiento.
Cuando ella acepte su muerte, ella aceptará su vida.

Chulitos y chulitos y chulitos apuntados uno debajo del otro, al lado de cada línea. Ella hizo la lista de las cosas por hacer, los santos deberes y los duros imperativos. En la letra M: no olvidar de estar muy enferma.

Chuleado.

En su cuarto real, sin ex-amantes y sin polvillos revoloteando, ella está aterrorizada, anquilosada, maniatada, al igual que cualquier Marylin. Doscientos números almacenados cuidadosamente en la memoria del teléfono; pero nadie que tenga la gentileza de untarle sus tostadas con mantequilla por la mañana. Ella se queda con la expectativa. Una soledad urbana convencional.

Finalmente lograron derribarla de su pedestal de mujer libre. Trofeo de papel satinado, papel de cartón piedra, papel de seda arrugado. La chuparon hasta la médula, pisoteada sin remordimientos. Queda un enigma. Ellos.

Ella concluye con severidad. Ella tiene poco espesor en los ojos de los demás. Ella menudea.

¿Cuántas veces se levantará? ¿Cuántas veces limpiará sus rodillas untadas de barro? ¿Cuántas veces pasará a la lavadora su ropa impregnada de alcohol y de tabaco? ¿Cuántas veces antes de lanzarse por la ventana, decir mierda al mundo y váyanse al infierno?
Y, sin embargo... se cree más densa que el mercurio, más brillante que una estrella gigante, más inspiradora que una luna gibosa...

Ella acuesta frases y más frases sobre las líneas del cuaderno para desentrañar lo que querían que callara. Mano sobre la boca.
Queda un enigma. Ellos.

Ella desencadena una guerra civil interna.

Colisiona un OINI, un objeto inconsciente no identificado.

Ella escribe, reescribe, exhuma los cadáveres, resucita las palabras y se embarra siempre en el mismo guión. Ella excava en búsqueda de recuerdos truncados, de fragmentos de huesos, de perfumes de la infancia. Establece las bases para una arqueología personal. El sufrimiento, una vez que pasa a través del filtro de la escritura, se vuelve agradable de escuchar.

El texto no avanza. Y no hace más que jugar tiempo extra. Ella da vueltas y vueltas frente al nártex. Ella puede seguir flagelándose en compañía de los otros penitentes, las palabras que ella desgrana no toman sentido.

Falta la última escena pero ha llegado al final de la historia. Así que hay que rebobinar la cinta.



21 de abril. 1.15 am. Clínica materna de Chenôve.


¡Empuje, Señora, empuje! Una vez más, más, más. Pare, recupere el aliento. Vamos, ahora, vamos, empuje, empuje, con prisa.

Soy demasiado vieja, no tengo fuerzas.

Un bebé todo verde salió de su vientre. Cubierto de meconio. Parto muy largo, demasiado largo, disminución de la oxigenación, Estado Fetal no Tranquilizador; en el útero, el bebé aplastado por el peso del dolor se vació de su jugo verde con grumos.

F.L.B. nació arropada con su propia mierda a fuerza de esperar que la dejaran entrar en la vida.

Puta mierda. Sala de espera de mierda.


Sufrir de espera.

 

 

*en español en el texto en francés.


Versión original, 22 de junio de 2006.
Versión blog 1, 26 de septiembre de 2012.
Versión blog 2, 23 de abril de 2016.

Corrección de estilo: Sebastián Gómez Robles.

martes, 19 de abril de 2016

Sala de espera. 4.


 

Ella agoniza, agoniza, agoniza. Ella tiembla, tiembla, tiembla, tiembla. Ella sufre, sufre, sufre.

Uno más que se fue esta mañana después de haber tragado su desayuno. Salchicha con huevos.*
Refrán que él le susurraba al oído, ayer por la noche, mientras bailaban sobre una salsa. Imágenes subliminales de Latin Lover que dan náusea.


Después del baile nos fuimos a casa
Y esto fue lo que ella me pidió

Salchicha con huevos
Me pidió al amanecer*

 
Torso desnudo, en la mesa, terminó su plato. Gracias.* 
Limpió su plato y únicamente su plato.

No limpió sus cubiertos.
Dejó su toalla mojada en la cama cuando salió de la ducha.
Una vez vestido, salió.

La escena se repite, se repite, se repite con algunas variaciones.

A veces, frente al ascensor, le dan un beso amigo-amiga en la mejilla.
A veces, frente al ascensor, le dan un verdadero beso mentiroso de amante loco.
A veces, apuntan su teléfono. A veces no.
Las puertas del ascensor se chocan.
El recuerdo de un rostro aplasta el recuerdo de otro rostro.
La maquinaria se engrana. Silbido del alejamiento y de los cables que se deslizan sobre las poleas.

Unas horas.
El día atraviesa la neblina del guayabo.*
Ventana. La ciudad está oscura, muy oscura.
Ella hace caer la persiana de un golpe seco. Ritual del crepúsculo, desespero. Le desgarran el corazón. ¿Quién es este "ellos"?

Horas y horas viviendo con uno mismo, encerrada en la caja. Y siempre, sobre la mesa, estas dos putas velas como única compañía.

Mientras lava la loza, alinea las palabras delante de sus pupilas y las guarda en su oído por orden alfabético. Las sílabas dan ritmo a la esponja que gira en el fondo de los platos, las vocales marcan la cadencia del paso de los cuchillos-tenedores bajo el agua del grifo: abandono, abismo, aislamiento, ausencia, cicatriz, laguna, maelstrom, nada, precipicio, ruptura, separación, vacío.

Dejar pasar, dejar orinar, dejar que te hieran. Ella tiene plomo en el ala, en el estómago, en el cráneo. Ella se lamenta como una margarita deshojada. Su corazón amarillo desnudo se inclina y el polen cae a sus pies.
Esperar, esperar al bello y tierno.
Puta mierda. Sala de espera de mierda.

Las individualidades se encuentran y encajan bien como las piezas de un rompecabezas. A primera vista. Cuando las miramos de más cerca, notamos que no se ajustan perfectamente. Entonces, hay que serrar, limar, lijar para que se incrusten. Una vez recortadas por todos lados, preferimos separarnos.

Puta mierda. Sala de espera de mierda.
Las revistas femeninas, ofrecidas en el aeropuerto, están dispersas sobre la alfombra. Ella las pisotea. Nunca aceptará su oferta de suscripción. En la portada cada año, desde hace veinte años, Carole Bouquet sonríe respetando la distancia, con su blusa de burguesa bien planchada, labios pintados de rojo carmín, perlas alrededor del cuello y patas de gallo en la esquina de los ojos. Eterno ícono helado. Espléndida. Inalcanzable.

Entre más la imagen fría y hermosa le sonríe, más se siente un monstruo, una sombra, una recortadura de algo, un pequeño cosito en un pequeño rincón, un trapero en el fondo de un balde, un vómito de rata, una vaina fisurada que aún busca controlar la caída y el estruendo.

Ella camina a grandes pasos en su minúsculo salón.
Puta mierda. Sala de espera de mierda.

Escandalosa, ella está falsamente orgullosa de haber integrado el gran clan de las mujeres que sufren, las víctimas histéricas, las traumatizadas impotentes, las sabias locas.
Ella sube enseguida sobre el brazo del sofá y, de una sola risa,  blande en alto su puño-bandera, gritando.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH
Afilada por su grito de batalla, toda la horda de brujas amazonas empieza a vociferar, después de ella. Ella inventa.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH
Domingo por la noche. Mujer con fuerzas telúricas.

 


*en español en el texto francés.

 

Versión original, 15 de septiembre de2005.
Versión blog 1, 26 de septiembre de 2012.
Versión blog 2, 26 de marzo de 2016.

Corrección de estilo: Sebastián Gómez Robles.

 

 

Salle d’attente. 4. v2.


 

Elle crève, crève, crève. Elle tremble, tremble, tremble. Elle a mal, mal, mal.

Encore un qui est parti ce matin après avoir avalé son petit déjeuner. Salchicha con huevos.*

Refrain qu’il lui susurrait dans le creux de l’oreille, hier soir, en dansant sur un air de salsa. Images subliminales de Latin Lover qui donnent la nausée.

 

Después del baile nos fuimos a casa
Y esto fue lo que ella me pidió

Salchicha con huevos
Me pidió al amanecer*

 

Torse nu, à table, il a terminé son assiette. Gracias.* 
Il a lavé son assiette et uniquement la sienne.
Il n’a pas lavé ses couverts.
Il a laissé sa serviette éponge mouillée dans le lit en sortant de la douche.
Une fois habillé, il est sorti.

La scène se répète, se répète, se répète avec quelques variations.

Parfois, devant l’ascenseur, ils lui donnent un baiser copain-copine sur la joue.
Parfois, devant l’ascenseur, ils lui donnent un vrai baiser mensonger d’amant éperdu.
Parfois, ils notent son téléphone. Parfois, non.
Les portes de l’ascenseur claquent.
Le souvenir d’un visage écrase le souvenir d’un autre visage.
La machinerie s’enclenche. Chuchotis de l’éloignement et des câbles qui glissent sur les poulies.

Des heures.
La journée traverse la brume du guayabo.*
Fenêtre. La ville est sombre, bien sombre.
Elle fait tomber le store d’un coup sec. Rituel du soir, désespoir. On lui arrache le cœur. Qui est ce « on » ?

Des heures et des heures à vivre avec soi-même, enfermé dans la boîte. Et toujours, sur la table, ces deux putains de bougies pour unique compagnie.

Pendant qu’elle fait la vaisselle, elle aligne les mots devant ses pupilles et les range dans son oreille par ordre alphabétique. Les syllabes donnent du rythme à l’éponge qui tourne au creux des assiettes, les voyelles cadencent le passage des couteaux-fourchettes sous l’eau du robinet: absence, abandon, balafre, gouffre, isolement, lacune, maelström, néant, précipice, rupture, séparation, vide.

Laisser passer, laisser pisser, laisser se faire blesser. Elle a du plomb dans l’aile, dans l’estomac, dans le crâne. Elle se lamente comme une marguerite effeuillée. Son cœur jaune dénudé s’incline et le pollen tombe à ses pieds.
Attendre, attendre le bel et tendre.
Putain de merde. Salle d’attente de merde.

Les individualités se rencontrent, s’emboîtent bien comme les pièces d’un puzzle. À première vue. Quand on les regarde de plus près, on remarque qu’elles ne s’ajustent pas parfaitement. Il faut alors scier, limer, poncer pour qu’elles s’encastrent. Une fois rabotées de toutes parts, on préfère se séparer.

Putain de merde. Salle d’attente de merde.

Les revues féminines, offertes à l’aéroport, sont éparpillées sur la moquette. Elle les piétine. Elle n’acceptera jamais leur offre d’abonnement. En couverture chaque année, depuis vingt ans, Carole Bouquet sourit en respectant la distance, dans son chemisier de bourgeoise bien repassée, lèvres peintes rouge carmin, perles autour du cou, pattes d’oie au coin des yeux. Eternelle icône glacée. Splendide. Inatteignable.

Plus l’image froide et belle du magazine lui sourit, plus elle se sent un monstre, une ombre, une rognure de quelque chose, un petit truc dans un petit recoin, une serpillière au fond d’un seau, un vomi de rat, un machin fissuré qui cherche encore à contrôler la chute et le fracas.

Elle marche à grandes enjambées dans son minuscule salon.

Putain de merde. Salle d’attente de merde.

Scandaleuse, elle est faussement fière d’avoir intégré le très grand clan des femmes qui souffrent, les victimes hystériques, les traumatisées impuissantes, les sages folles.
Elle grimpe aussitôt sur l’accoudoir du canapé et, d’un seul rire, elle brandit très haut son poing-bannière en hurlant.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH
Aiguisée par son cri de ralliement, toute la horde des sorcières amazones se met à vociférer, à la suite. Elle invente.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHH
Dimanche soir. Femme aux forces telluriques.

 

* elle m’a demandé une saucisse et des œufs au petit matin, refrain célèbre d’une salsa.

* merci.

* gueule de bois.

 

 
Version originale, 15 septembre 2005.
Version blog 1, 26 septembre 2012.
Version blog 2, 26 mars 2016.

 

jueves, 7 de abril de 2016

MMXVI. Bajo el signo del Sol.


 

De mañana, mientras que Cendre aún dormía, Flama recogía con un frasco y un embudo los jugos, savias y leches eyaculados por su propio cuerpo. Luego vertía estos extractos blanquecinos en un cuenco grande y por un giro de espíritu, cuyo secreto solo ella poseía, les hacía coagular y tomar la forma de un pequeño cerebelo.
En su jardín ella cultivaba una leguminosa particularmente virtuosa a la intención de su tierno compañero. Y en la víspera, dejaba en remojo dos o tres puñados de semillas para que fueran más digeribles. Así que, a la hora de comer, perfumado, peinado, la barba recortada, Cenizo siempre encontraba en la mesa un plato de habas doradas y una gran copa llena de agua cristalina de manantial en la que flotaba un cuajo de crema .
Cada sorbo, cada bocado, semana tras semana  refinaba aún más su transformación. Un Rey iba a ver la luz.


Antaño, Flama y Cenizo habían combatido, cada uno por su lado y en dos continentes diferentes, a un enemigo común, el Traidorlobo, él que se come a los niños, una vez por arriba y otra vez por abajo. Bajo las uñas y en los pétalos de sus iris, ellos todavía conservaban las huellas de las luchas pasadas, la sangre seca de los monstruos, por supuesto, pero también la inminencia del peligro, la seriedad del compromiso, el silencio antes de la toma de riesgos.
En aquellos tiempos no se conocían y no había ninguna certeza de que el encuentro tuviera lugar en esta vida. De hecho, se les creía muertos y ellos mismos se habían dado por perdidos. Pero sus sentidos afilados y siempre en alerta percibían la existencia de su gemelo, más allá de los bosques, más allá de las cadenas montañosas, más allá de los océanos.

Algunos podrían pensar que se trata de la leyenda de las dos mitades de la manzana aisladas que soñaban pegarse. Es una idea que habría hecho escalofriar de pavor a nuestros dos personajes. Unirse para pudrirse juntos y finalmente concluir que dos medios equivalen a uno. ¡Jamás!

Flama era Una, Cenizo era Uno. Piezas únicas, eran los arcos ojivales de una catedral en construcción. Si se fueran a cruzar, sus centros formarían la clave de bóveda del edificio carnal y esta rosa-cruz soportaría todo el peso de las piedras.

En fin, en el laberinto de los poemas y de las coincidencias, estos seres andróginos se habían encontrado una tarde de junio. Ellos se reconocieron de inmediato debido a que cada uno llevaba el sello de su Señor y Maestro: el gran Astro los irradiaba. Los días de Gran Día, caminaban muy derecho, con la cabeza envuelta de colores iridiscentes. Todos se acercaban y querían recibir un poco de esa energía que emanaba de sus cuerpos. Ellos iluminaban a los alrededores.

Ella, para servirle humildemente un tesoro inagotable de dulzura, de lucidez y de coraje, le dice solo la verdad dictada instintivamente por su corazón.
Él, para darle las gracias, hacía estallar el candado de la condena que a veces ponía sobre la puerta de las posibilidades y, muy galantemente, la invitaba a pasar de primero.

Todo parecía funcionar de maravilla. Los enlaces eran indestructibles, los sentimientos infalibles, la protección máxima.
¿Será que estos dos mortales habían logrado la apoteosis de esta conquista del éter?
Para ganar su título, la perfección debía ser cuestionada. Del mismo modo, el equilibrio debía ser precario.

Cenizo, más joven, más frágil, se hundía a intervalos regulares en la melancolía patética. Refluía, como en una alcantarilla después de una tormenta de verano, demasiado esperada pero demasiado violenta, las aguas salobres de lasitud de vivir. Ellas cargaban en su superficie las inmundicias recuperadas, aquí y allá, a lo largo de experiencias en las que él se había extraviado.

Esta unión caminaba a ciegas en territorios desconocidos y aún no había trayectoria definida. Flama se resignaba, silenciaba sus extravagancias sensuales y permanecía como mármol. El aceptar su propia insatisfacción le terminaba pidiendo un esfuerzo infinito y la volvía ciega y sorda al mundo que la rodeaba.

Así que el cielo de ellos trocaba, a veces bruscamente, su maquillaje azul celeste por el carbón negro y empezaba a girar ojos gordos siniestros.

Una mañana mordaz de septiembre, Cenizo lanzó: “Tú no me necesitas, yo no te necesito.”*

Para Flama, era una evidencia.
Sus respectivos años de soledad les habían enseñado a esgrimir la espada, a conducir la cuadriga, a desafiar la boca del león, a romper las cadenas. En resumen, sabían caminar solos y, hatillo al hombro, su valentía era el único bien que llevaban con ellos en los caminos polvorientos.

Entonces, ¿por qué Cenizo necesitaba recordarla? Porque en la noche la duda lo derribaba. Solo había conocido las cuevas oscuras y pérfidas, los brazos que estrangulan y las declaraciones engañosas. Así que, como se hace salir una comadreja de su madriguera, él intentaba desenmascarar el vicio oculto, la farsa, la perversión. En vano. Ella no comerciaba su amor. Ni terror ni recompensas. Ella amaba sin chantaje. Cuando, por fin, reconocía su honestidad, comenzaba a temblar ante la idea de perderla. El refugio que le ofrecía era tan brutalmente cómodo que temía ser incapaz de prescindir de ella.

¿Irse o quedarse? Sólo él hesitaba y se desmoronaba. Ella lo dejaba ir y venir a su antojo para que él mismo juzgara si tenía la capacidad de vivir sin ella. Se alejaba de ella, se acercaba, medía y calculaba la relación entre distancia e intensidad de sentimientos. Trazaba curvas y gráficos. Papel milimetrado en mano y lápiz detrás de la oreja, se mareaba de cifras. Se golpeaba contra las paredes de sus razonamientos sin fin. A fuerza de buscar tres pies al gato, se le olvidaba su pregunta y se devolvía. Luego, frente a sus contradicciones, se detenía de golpe. Tomaba consciencia de su indecisión y apenas dos días después daba signos de debilitamiento. Era necesario recurrir a un alimento más sustancial.

Flama preparaba una nueva mezcla. Masticaba durante largos minutos los trozos de carne de un cadáver cubierto de larvas y moscas. Luego, regurgitaba en largos chorros una saliva espesa en la boca abierta de su bienamado. El pequeño carroñero deglutía con avidez. Cada vez que ella renovaba la operación, se enderezaba más, echaba los hombros hacia atrás, sacaba el pecho. Su párpado lavaba un ojo que brillaba de nuevo. Sus pómulos pasaban de amarillo cirrosis a rosado muñeco. En su piel, el sudor vinagre se resorbía.

Ella se enorgullecía de hacerle tanto bien.
Los días transcurrían.



Nota: Mis manos abrieron al azar la novela de Michel Tournier, Viernes o los limbos del Pacífico. Mis ojos se posaron en una línea y luego otra. Anoté los fragmentos de oraciones sucesivamente en un cuaderno. Me sirvieron de oráculo y de punto de partida para la redacción de este nuevo texto el 10 de enero de 2016. Aparecen en itálica.

Me enteré de la muerte de Michel Tournier el 18 de enero 2016 por la radio.

 

*En español en el texto francés.

 

Corrección de estilo: Sebastián Gómez Robles.

Versión original, 10 de enero de 2016.
Versión blog 1, 21 de enero de 2016.