jueves, 22 de enero de 2015

Encogido y encorvado.



Se ha convertido en una esponja, entonces camina en el muelle siguiendo los pasos de los demás. Observa este país de la mediocridad, de lo pequeño, de lo encogido.
 
Se sienta en la acera para garabatear en un papel algo que acaba de llamarle la atención.
Tiene angustia de no encontrar su bolígrafo en el fondo del bolso.

Él pertenece a esta nación y al mismo tiempo, se siente aparte.

La gente es vieja, calva y barrigona. Viven con el temor de que sus dalias se estén muriendo, y que sus rosas se congelen.
 
La música está marcada, a lo militar, ni un pelo desordenado. Los jefes de orquesta son autómatas. Los carteles de la prohibición puntúan las paredes. Nada se deja sentir, todo debe ser calculado. Nada está soñado.

Frases atrapadas al vuelo: Sí, me gustaría comprar un microondas. Pero primero tengo que hacer un estudio de mercado.

 Viven y mueren apretados en los pliegues de sus pantalones bien planchados. Incluso las burbujas del champán no les hacen olvidar los recibos que hay que pagar.




La gente se amontona sobre la arena y se rodean de paraguas, pelotas, sillas plegables, cojines inflables, toallas, radio, revistas... y en el fondo de ellos anidan sus emociones, pero no aflojan.


 Él escribe sobre una servilleta  de papel, pero no entra en el meollo de la cuestión. Sus ojos se agrietan buscando un punto en el horizonte.

A su alrededor, los viejos arropados de domingo hablan de dolores y de salud. O más bien, de estadística y evaluación.

Los anti-inflamatorios no hacen efecto. Las gotitas están contadas y se cuentan tres veces al día.  No son reembolsadas ​​por el seguro social. ¡ Es un escándalo!



Una mujer ladra, el niño colgado de su brazo.

"Cuando te calmes, te suelto. " Frases escuchadas, frases reconocidas, frases sin edad. No muy eficaces.

El mocoso grita como un descosido y patalea.

Rojísimo.

Contempla la escena, todavía sentado como un sapo sobre el asfalto. Los gritos le quiebran los tímpanos. Su mirada va y viene. Horizonte-niño, horizonte-niño.
Toma conciencia.
 
Observa esa muchedumbre como uno examina sus espinillas en el retrovisor.

La fealdad de esa gente está a la altura de la suya. Y recíprocamente.
 
Él tiene el océano delante de él y se traga el viento. Los ciento ochenta grados del cielo le envuelven la cabeza y le hacen bien.
Se queda allí sin moverse. La sensación de estar encerrado le da ganas de correr. Él mira sus pies que no se mueven y no se deciden. Espira.


La lista de cosas que hay por hacer lo asfixia. Pero, ¿Cuáles son esas cosas? ¿Cuál es la preocupación? No entiende esa obsesión que lo persigue. ¿Cuál es el deber que se impone?



Las rocas afloran. La marea baja dejó todo tipo de restos atrás.
Caminar, se resuelve a caminar. Atraviesa la multitud y pasa entre los cojines inflables, las revistas, las toallas tratando de ser muy cuidadoso.

 



Un paso mal dado, una entrada inadvertida en el territorio de los turistas y recibirá un sarcasmo mordaz o incluso un regaño. Hoy, le va bien, solo recibirá una mirada relámpago.


Arena dura, arena suave. Sus pies se hunden y resurgen. Los zapatos se llenan.
Las aves corren pegadas al agua. Su nube cambia de color con cada movimiento y va de blanco a gris claro, de gris medio a gris antracita. Parecen moscas sobre un espejo.

 
En frente, las casas de la isla aparecen claramente. A la izquierda, sin embargo, un islote se funde con la niebla.
Los escalofríos recorren onda por onda sus vértebras.
El mar lo cura, imperceptible.

 
 
No se puede ir de ahí. Examina las patas rojas de las gaviotas que tejen a toda velocidad. Parecen señoras pequeñas con carácter fuerte. No se dejan de nadie.

Se siente disperso, en todas partes y en ninguna. Apátrida. No encuentra ningún lugar al cual pertenecer.

Trata de relajarse, pero esta trancado. Oxidado. Hace un esfuerzo para relajar los músculos del cuello, de los hombros.

Se ahorca, suspira, bota lejos este sudario de pensamientos oscuros. Todos los días.
 
Abandona la arena, sube las escaleras de madera y se instala en una silla.

Todo el mundo ríe a su alrededor. En la terraza de un café. Pero, ¿Qué está haciendo aquí?


El sol, muy lejos ahora, alumbra las volutas de las nubes. En cada mesa, hay una rubia.

La pasta con champiñones han llegado. Se siente gordo y feo. Ya no puede abotonar sus pantalones. Sueña con estar en pijama metido en una cama.


Hay una dulzura de vivir que no le llega.

Y ahí está, tragó su pasta a la velocidad del rayo ¿y ahora qué?...

Se encuentra en el centro de la multitud, pero le gustaría estar en el corazón de las cosas. No logra saborear. Se siente al final de su aguante, al final de sus fuerzas, al final de un camino que tantas veces ha repetido.

Él lo quiere todo y también su contrario. Acostarse y levantarse. Hablar y callarse. Estar solo y acompañado.
Pero ¿Cuál es el próximo episodio? Incluso su ropa interior ha perdido su elasticidad. En el baño, se sube la cremallera, se enjabona las manos, se da palmaditas sobre las ojeras con agua fresca. Paga la cuenta en la caja.

 
Frente al café, en el muelle, queda plantado ahí, cómodo en ninguna parte. ¿Caminar hacia la derecha o hacia la izquierda?



Teme explotar.

No le gusta el hombre en él que se convierte. Un boticario de las cifras. Contando y contando una vez más, calculando y recalculando sus pequeñas monedas, las  horas, los minutos, los gramos.
 

No le gusta este individuo triste y seco que se olvidó de vivir y respirar. Controla cada centavo con el miedo de la carencia.

Se frustra. Se prohíbe el superfluo, el goce. Es el Tío Rico Mac Pato de los barrios bohemios.
No le gusta el personaje, y sin embargo convive con él cada día.
Francamente, se desagrada.

Traducción Nadia Rios.

viernes, 16 de enero de 2015

Sortilège du Trente et Un




A Ushuaïa
L’air grelottant marque le front
De sa barre de fer
Trente et un décembre
Cinq plumes de pingouin
AruakaChac  KachaRuaka

De leur présence aiguisée
Tout au sud du monde
Les hommes froids marquent le cœur
Sept pétales de lupin
Soleil qui dort si peu
ChamaKualac  Kutanfala

Fin d’année
Trois dents de loup de mer
Sur la Terre de Feu
La chaleur humaine palpite
Dans un morceau de glace
AkachaRuak  ChakaManaha

Que la Révolution Intérieure s’accomplisse maintenant !

Instructions :
Confectionner une poupée de chiffon et écrire sur le tissu les tromperies, les dérapages, les caprices et autres souffrances survenus pendant l’année.
Réciter le sortilège douze fois à minuit pendant que brûle la poupée des déceptions.
Eparpiller les cendres au vent.
Avertissement :
Ce sortilège n’est pas recommandé aux apprenties-sorcières.
Il peut provoquer des séquelles définitives et/ou des effets secondaires importants tels que l’inversion de la personnalité : ce qui se trouve à l’intérieur passe à l’extérieur et inversement.
Il est possible que la famille et les proches éprouvent stupeur et rejet.

 

Hechizo del Treinta y Uno.




En Ushuaia
El aire glacial marca la frente
Con su barra de hierro.
Treinta y uno de diciembre
Cinco plumas de pingüino
AruakaChac  KachaRuaka

Con su presencia afilada
Al sur del mundo
Los hombres fríos marcan el corazón
Siete pétalos de lupino
Sol que apenas duerme
ChamaKualac  KutanFala

Fin de año
Tres dientes de lobo de mar
En la Tierra  de Fuego
El calor humano palpita
En un trozo de hielo.
AkachaRuak  ChakaManaha

¡Que la Revolución Interior se cumpla ya!


Instrucciones:
Se confecciona un muñeco de tela y se escriben encima los engaños, patinazos y berrinches que se padecieron durante el año.
El hechizo se recita doce veces a medianoche mientras se quema el muñeco de las desilusiones.
Las cenizas se esparcen al viento.
Advertencia:
Este hechizo no está recomendado para un aprendiz de bruja.
Puede generar secuelas definitivas y/o efectos secundarios.  La más frecuente es una inversión de la personalidad: lo de adentro se queda por fuera y lo de afuera por dentro. Puede causar estupor y rechazo por parte de los familiares.

 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Un lit pour voyager.



Je suis couchée à côté de toi et ça me rend heureuse.

Chaque millimètre de ma peau est collé à ta peau et nous reposons sur le drap bleu.

Nous bouillonnons, emboîtés comme deux cuillères.

Ta respiration agite doucement le duvet de mon cou.

A nos pieds, de chaque côté, les chattes reposent comme deux sphinx.

Elles sont les petites sentinelles de notre temple.

Nous sommes si intimes sans nous connaître que mes frontières brûlent.

Les âmes jumelles quand elles se rencontrent s’encastrent, se dédoublent, se dupliquent, se confondent, s’amusent, se lovent, se complaisent, se balancent, se consolent, s’hébergent.

Je suis couchée à côté de toi et ça me rend heureuse.



En un flash, j’entre dans ton corps.

Je visite chaque arrondissement de ta métropole. Je monte et je descends le long de tes rues.

A chaque angle, je découvre un nouvel horizon.

A pas de fourmi, je contemple les vitrines une par une.

Je furette chaque recoin de ton être.

Je me trempe les mains dans l’eau de tes fontaines et je mouille les manches de mon pull.

Je me promène dans tes parcs et j’accompagne du regard les oiseaux de ton imagination.

Je monte sur la balançoire et je tangue à la force 4 jusqu’à ce que j’aie envie de vomir.

J’escalade la façade de tes monuments et d’en haut, j’admire le panorama.

J’étends la main pour attraper un nuage.

Je patine à toute vitesse le long de tes avenues illuminées. A couper le souffle.

Je m’immisce dans tes égouts et je navigue sur tes eaux noires.

J’explore ton dépotoir et je découvre ce que tu as rejeté, ce qui t’a fait souffrir, ce que tu ne veux plus revoir, ce que tu considères disgracieux, pourri, inacceptable, ce que tu détestes de toi-même, des autres, du système.

En un flash, j’entre dans ton corps et je voyage à travers ton âme. Sans phrases, sans explications. Seulement des images, seulement des sensations.

Dans ce lit, allongée à tes côtés, je ferme les yeux et je suis transportée très loin, à l’intérieur de toi, à l’intérieur de moi.

Avec mon aéroplane personnel, maintenant je survole des campagnes inconnues, des rivières tumultueuses, des abîmes insondables, des lagunes turquoise…



Et peu à peu, je sombre dans le coton narcotique de l’oreiller…

A demain Bébé.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Una cama para viajar.




Estoy acostada a tu lado y me hace feliz.

Cada milímetro de mi piel está pegado a tu piel y descansamos sobre la sábana azul.

Estamos hirviendo y encucharaditos.

Tu respiración mueve los pelitos de mi cuello.

A nuestros pies, a cada lado,  las gatas reposan como dos Esfinges. Son las pequeñas centinelas de nuestro templo.

Somos tan íntimos sin conocernos que se me queman las fronteras.

Las almas gemelas cuando se encuentran se encajan, se desdoblan, se duplican, se confunden, se ríen, se arrunchan, se complacen, se bambolean, se consuelan, se albergan.

Estoy acostada a tu lado y me hace feliz.

 

En un solo flashazo, entro en tu cuerpo.

Visito cada distrito de tu metrópoli. Subo y bajo por tus calles.

A cada esquina, descubro un nuevo horizonte.

A paso de hormiga, contemplo las vitrinas una por una.

Curioseo cada rincón de tu ser.

Me mojo las manos en el agua de tus fuentes y me empapo las mangas del saco.

Recorro tus parques y acompaño con la mirada los pájaros de tu imaginación.

Me subo al columpio y me balanceo a la fuerza 4 hasta que me dé vomito.

Escalo la fachada de tus monumentos y admiro el panorama desde arriba. Estiro la mano para descolgar una nube.

Patino a toda velocidad por tus avenidas iluminadas. Sin aliento.

Me meto por tus alcantarillas y navego por tus aguas negras.

Exploro tu basurero y descubro lo que desechaste, lo que te dolió, lo que no quieres volver a ver, lo que consideras feo, podrido, inaceptable, lo que odias de ti, de los demás, del sistema.

En un solo flashazo, entro en tu cuerpo y viajo por tu alma. Sin frases, ni explicaciones. Solo imágenes, solo sensaciones.

En esa cama, tumbada a tu lado, cierro los ojos y me traslado muy lejos por dentro de ti, por dentro de mí.

Con mi aeroplano personal, ahora sobrevoló campiñas desconocidas, ríos tumultuosos, abismos insondables, lagunas turquesas…

 

Y poco a poco, me hundo en el algodón narcótico de la almohada…

Hasta mañana Bebé.

 


 
 

martes, 11 de noviembre de 2014

Préface par Hervé Malagola.





Préface à la collection de textes Imposture
Par Hervé Malagola.


Bon, il est toujours facile de dire de quelqu’un qu’il écrit comme on éjacule mais enfin, quand on astique la lampe à huile pendant un certain temps,  ce n’est pas toujours de petits génies proprets qui finissent par sortir, mais aussi des vauriens hirsutes qui s’excitent  en gueulant  et  en  éclaboussant tout le monde, non ?  Surtout si les orifices sont à moitié obstrués, alors le jet n’en sera que plus violent : il en sortira des vieilles proprios au « cul trop lourd », des homos couillus en brassière, de la morve en « petits filets de premier choix », des ventilos goguenards, des cous collants, des « chéneaux qui dégueulent », des caribéennes, « des petits bouts de savon », des mères et des grand-mères qui tricotent, des croûtes sèches sur les genoux d’une petite fille de cinq ans, des vendeurs de guayabas, tout un souk que Fabienne Le Blevec ne se résigne décidément  pas à cacher sous le  tapis volant qu’elle a elle-même tricoté.  De toutes façons, on sait bien depuis Oehlenschläger que les vieux magiciens sont impuissants à résoudre les arabesques énigmatiques du fouillis de l’existence, même avec l’aide de figures acoustiques ou de baguettes molles…seul un enfant de la nature, un petit voyou, éventuellement une femme fontaine peuvent nous dire à quoi « rêvent les objets », bref peuvent déchiffrer dans le fatras de la misère ordinaire le bonheur des pelotes qui sautillent sous les mains d’une mère qui a passé  sa vie à astiquer des lampes sans forcément  voir jaillir des Aladin.

Enfant de la nature d’abord, ça ne fait aucun doute, écureuil au poil brillant, leste et économe, amoureuse des fleurs et des légumes verts, Fabienne Le Blevec veut surtout abolir les dissonances qui nous séparent de la réalité cosmique. Pour paraphraser Queneau : « Vous vous intéressez à la météorologie Madame ? –Un peu je possède un  ventilo… ». Un ventilateur  proustien, asthmatique, lecteur à ses heures, brassant sans trop y croire une chaleur qui de toutes façons ne diminuera pas…Car la chaleur est la preuve que nous sommes là, bien de ce monde, la preuve de notre  élection nécessaire « même si l’eau ruisselle en sens inverse » : elle s’insinue dans notre chair, suscite des espoirs absurdes de fraîcheur ou de nuit, mais finalement justifie la complicité de celui qui, avec « ses petites pales »  nous ramène à l’essentiel : le geste de l’écriture. « Le ventilateur tourne les pages de son cahier. Automatique. Elle voit passer son écriture à toute vitesse. » Fabienne Le Blevec est une feuille d’arbre.

Petit voyou, encore plus peut-être, admiratrice d’un frère qui « écrabouille les limaces »,  paresseuse, gourmande, insolente, gaspilleuse, elle ne mérite sans doute pas, au regard de la « sorcière », son ascension d’écureuil blindé de noisettes…Qu’elle se remplisse « la panse de tartines de camembert », ou qu’elle passe « un jour complet dans un hamac », qu’elle envoie  les riches « se faire foutre », peu importe au fond, elle a été choisie et elle le sait, son génie le lui a dit quand elle fonçait la tête la première au bas du toboggan et qu’elle gaspillait son sang pour garder la liberté de ne pas mettre les mains… « Alors va-t-elle faire la queue en haut de l’échelle ? Non ? Et ben si. » Mais elle ne restera pas en bas, non, et la richesse matérielle, comme la lampe merveilleuse,  ne vaut que par le désir de celle qui les possède et qui les met au service de son destin. « Je me fais des boucles d’oreille avec les cerises ». Fabienne Le Blevec est un écureuil volant.

Femme fontaine absolument, on y tient,  et pas seulement parce qu’elle pleure parfois. Parce qu’il pleut aussi  beaucoup dans ses textes, et qu’on y jouit. « Tout était si tendu qu’une larme me sortit de la tempe »: quand les narines sont presque bouchées, les frottements répétés produisent des éruptions violentes, c’est une loi purement physique. Et « les regrets mouillent plus que les remords » est un précepte qui se vérifie. Mais Aladin, lui, se refuse à apparaitre ou bien a déjà disparu, « il y a encore des vœux qui restent inertes », et la lucidité n’empêchera certainement  pas le déluge. Car il pleut beaucoup dans le monde leblévéquien, et le taux d’humidité est élevé (« Quatre-vingt pour cent », au moins !). « Bogota la pluvieuse » est la déesse tutélaire d’un univers détrempé. « Les chiens pissent », les « nuages fondent comme des cordes », « trois gouttes et puis d’un seul coup des seaux. La rue devient un torrent d’eau chaude », mais le liquide ne vient pas purifier l’atmosphère, non, il se répand en vain sur des êtres qui savent qu’aucun soulagement n’est à attendre de ce côté-là. « L’averse passe. La température n’a pas baissé d’un degré. » L’espoir ne vient pas d’en haut, soyons sérieux un instant,  cela se saurait, il vient bien sûr  de sous les draps : « Ça me donne froid aux liserons même quand j’ai les fontaines au chaud ». L’espérance est horizontale, et érotique. « On se glisse dans un hamac », « on se traine jusqu’au lit »: ne cherchez pas plus loin le sens de votre identité, Français de souche, il est sur votre matelas, dans la rencontre avec l’étranger avec qui « y a rien d’autre à foutre ». On fout ce qu’on peut. Fabienne Le Blevec « est déconnectée de toute appartenance », mais elle retrouve, dans l’érotisme moite  et les genoux qui « suintent » d’une ville des Caraïbes, le génie de son enfance détricotée.

Et puis  il y a l’épanchement de testostérone, l’amour « des hommes, des hommes et encore des hommes », le désir démesuré de « ces cinq bataillons de bites et de petits culs », qui eux aussi à force d’être astiqués ont fini par faire jaillir de leur lampe-néon  des éventails, des boas, des brassières, des folles là où on ne voyait que des « pères de familles », des divas là où on  ne voyait que des Bruce Willis. « Depuis quand cette femme vit-elle emprisonnée à l’intérieur de ce corps d’homme ? » Depuis quand  cette  écrivaine  attend  qu’on fasse sortir de sa fontaine  magique le génie érotique qui lui fera créer encore d’autres êtres de la nuit, d’autres écureuils, d’autres ventilos, d’autres biscottes et d’autres toboggans ? Fabienne Le Blevec est une source.

NB: Les cinq textes de la collection Imposture sont publiés sur le blog.

Les écureuils, octobre 2012
Télescopage, Chaleur, septembre 2012
Imposture, décembre 2012
Un bouge appelé le Polo, avril 2013.

 

viernes, 7 de noviembre de 2014

Journal de Compostelle.1.


Journal  de Compostelle.1.








Attention ! Texte en chantier ! Des carnets de notes sont encore en attente...

Corrections d'orthographe et de style en attente....Ma pensée en attente....encore et toujours...




Une idée faisait le va-et-vient dans ma tête depuis longtemps. Elle était  embusquée sous de nombreux rêves. Elle s’intitulait : marcher sur le chemin de Compostelle.

Et puis en janvier 2013, les médecins à Bogota détectèrent dans mon sein gauche un nodule. Il fallait pratiquer une biopsie. Je pris une double décision : attendre mon retour en France pour réaliser l’examen et partir sur le chemin si les résultats annonçaient  ma bonne santé. Mon remerciement à la vie s’écrirait sous la forme d’un effort physique. Si je possédais un corps en bon état de fonctionner alors je me devais de l’utiliser. Une injonction qui n’est pas nouvelle pour moi.

14 juillet

Je me tourne et me retourne toute la nuit. J’explore les quatre coins du lit. Je cauchemarde. Il y a des chenilles vertes poilues qui me courent sur le corps. Je me tords de douleur. Elles cherchent à s’enfoncer comme une vis dans ma chair. Je demande de l’aide à une amie. Elle me dit qu’il n’y a rien à faire. Je pense que les chenilles veulent entrer dans mes muscles pour devenir chrysalides et se transformer.

Je me lève.

Je ne pensais pas que ce serait si dur de partir. Marcher sur l’autoroute des pèlerins me semble une micro aventure à portée de main. Elle n’est ni dangereuse ni compliquée à organiser. J’ai beau me répéter cet adage, l’élan n’est pas au rendez-vous. Mais qu’est-ce qui me dicte de ne pas partir ?

Je sais : Je culpabilise d’abandonner ma famille. Chaque année, je passe en France en coup de vent pour les saluer et repartir aussitôt. La voilà donc LA  bonne raison de ne pas partir. Je souris car c’est plutôt là mon atout Excuse. Je le pose sur la table tout en sachant qu’il masque des raisons bien plus profondes. L’iceberg ne montre que sa toute petite partie émergée.

Le soir, je m’arrête à Baulme-la-Roche et je ramasse sept petits cailloux, à l’endroit où reposent les cendres de ma mère et de mon frère.

15 juillet

Je me lève et me tortille. C’est le jour des préparatifs. Je me rends au rayon chaussures du supermarché des sportifs. Les allées se gondolent. J’ai la nausée. Je passe une heure à essayer toutes sortes de godasses. On rêve d’ascèse et de méditation et on se retrouve à étudier les comparatifs de semelles en caoutchouc.

J’abandonne finalement mon caddie à l’entrée du magasin et je pars en courant.

Je suffoque. Je déjeune. Je tourne en rond et puis je décide de retourner sous les néons de cette grande surface. Je jette toute sorte de matériel dans le caddie. Il faut faire vite avant  d’être assaillie une nouvelle fois par le désir de fuir. Je réussis à passer à la caisse. Je paye tout mon barda sans trop regarder la caissière dans les yeux de peur d’y lire un quelconque signe de réprobation.

16 juillet


Je prépare mon sac avec une minutie d’horloger-bijoutier. Je pèse chaque objet sur la balance digitale de la cuisine. Une brosse à cheveux=54 grammes. Un peigne= 3 grammes. Je balance la brosse et je garde le peigne. Je remplis des mini-bouteilles de shampoing, de lessive, de dentifrice, une trousse avec une paire de ciseaux, une pince à épiler, un opinel, une cuillère, une crème de jour, une crème solaire.

Je roule une tenue complète de marche et une de nuit, une robe légère pour les soirées chaudes. La deuxième tenue complète de marche, je la porterai sur moi. J’emballe une paire de sandale.  Je vérifie ma liste et je coche. Une serviette microfibre, un sac à viande en soie, un cahier et un stylo pour la prise de note, les papiers d’identité, la carte bleue (ce petit morceau de plastique représente la sécurité dans le monde moderne), une bouteille d’eau, un chapeau aux larges bords, un poncho en plastique.

Je fais le choix de ne pas emporter de topo-guide. Les flèches du chemin me suffiront. Je ne veux pas savoir à l’avance ce que je rencontrerai.

Avec un bout de ficelle, j’accroche une coquille Saint Jacques à mon sac.

Les sept petits cailloux se trouvent au fond à gauche.

Je bois enfin un café. Cinq minutes de calme tout au plus car une idée fixe fait son apparition sans crier gare: j’ai besoin d’un réveil. Je ne peux pas partir sans réveil. L’obsession grandit. Je fouille les placards. Je panique. Il me faut un réveil tout de suite, maintenant. Je suis une marmotte, je ne réussirai jamais à me lever seule, je dois emporter un réveil. JE VEUX UN REVEIL !

Le compte à rebours  a commencé et déroule son tapis de menace. Je descends au centre-ville à la recherche d’un réveil. Comme une folle, j’entre dans chaque magasin susceptible de vendre la merveille. En vain. Mes sandales me blessent, une ampoule enfle sous mon pied gauche. Je n’ai pas encore commencé le chemin que déjà mes pieds crient au secours.

J’arrive chez ma sœur, elle n’a pas de réveil. Je ferraille avec elle pour une broutille. Je préfère déclarer forfait. Je prends mes affaires et mon congé. J’avais peur de la laisser derrière moi. Elle m’a donné une bonne occasion de partir. Nos névroses respectives se sont mises à résonner au diapason, jusqu’à ce que ce ne soit plus possible. C’est décidé, je pars.

Je fais la queue au guichet et achète mon billet pour le lendemain.

Je mange un kebab dans la cour de la gare en regardant les fenêtres de l’immeuble où j’ai grandi.  Demain, c’est d’ici que je partirai. Le point d’origine.

17 juillet

Je me lève un nœud dans le ventre. J’enfile ma tenue de marche. Je la trouve particulièrement laide.

Au détour d’une rue, je suis perdue. Je reconnais les maisons. C’est le quartier de mon enfance mais malgré cela, je suis perdue le temps d’une seconde. Tout est familier et tout est méconnaissable. Un sentiment très étrange aux allures de cauchemar éveillé.

Je me laisse bercée par le train. Je traverse Paris en métro. Les gens se rendent au travail et me regarde avec envie. Ma tenue et mon sac sont la preuve que je m’en vais. Moi, je les envie d’aller travailler, d’être bien au chaud dans leur routine alors que moi, le froid de l’inconnu me fait tressaillir.

 

Je ferme les yeux. Quand je les ouvre, je lis le nom de la station : Saint Jacques. Le signe peut-être que je suis sur la bonne route. On se rassure avec pas grand-chose.



les voyages nous tranforment toujours mais on est pas toujours aux aguets. a la differnece du pelerinage ou l’on attend avec impatience chaque modification de son etre. on espere un avant et un apres.

Je prends un autre train. 6 heures sur un strapontin, dans la chaleur, coincée entre les valises et les empoignades d’autres voyageurs. On croirait un New Dehli-Bombay mais non c’est un Paris-Bayonne. Rien ne me surprend, l’épreuve a commencé pour moi, il y a quelques nuits déjà.

J’arrive au bureau des pèlerins à Saint Jean Pied de Port. Je fais la queue pour obtenir ma credenciale. Je remarque que la majorité des pèlerins sont mal équipés, enfin selon mes critères d’experte en balance Roberval. Tout cela me rassure. Ils monteront dans la galère avant moi. Entrevoir la fragilité des autres me rend plus forte. Ce n’est guère à mon honneur, je le sais et je le regrette. Je crois qu’il s’agit d’un vieil instinct qui provient de mon cerveau reptilien. Je me sens plus légère quand le couperet de la sélection naturelle s’abat sur des inconnus.

Je trouve une chambre  dans le village et malgré le réconfort que m’apporte la vulnérabilité des étrangers, je dors en pointillé.