miércoles, 1 de abril de 2015

Tan yo.



Tan yo, tan lejos de mí.

Decible, indecible, diré todo, no sabrán nada.

Hacer lo que quiero. Decir lo que quiero. Escribir lo que quiero como bailar en topless en una discoteca.  Un desbordamiento de libertad que da el vértigo a los que se acercan.

Amar estremecerse. Actuar bajo el impulso del momento y de la imagen.

Acariciar el peligro sin nunca mostrar el miedo.

Armarse de una espada y de un escudo incluso para dormirse.

Esperar una mirada o provocarla, ofrecer su cuerpo en agradecimiento por una sonrisa, maravillarse de la pepita ganada, y pues, abrir el cofre al final del año, hacer las cuentas, descubrir el oro convertido en plomo, perder mucho.

Querer comprometerse con un hombre, a todo costo, utilizando un calzador, mientras que detestar la rutina y las medias hombres/mujeres mezcladas en un mismo cajón.

No tener ninguna consistencia en la mitad de una apartamento vacío, y tomar forma en un café abarrotado.

Valor 0 para papá. Valor 100 para la mamá.

Soñar con una vida trepidante, siempre en la escalada, más y mejor que los otros, y al mismo tiempo tener envidia por la banalidad y la seguridad de la vecina: un marido, tres hijos, un futón, un perro, una cita en el pediatra por la varicela del hijo menor.

Reclamar la quietud inesperada, la paz devastadora, la tranquilidad sobre el estado de alerta.

Subirse hasta la almena y hacer flotar el estandarte de la contradicción.

Atraer a los hombres, tentarlos, mantenerlos calientes, ponerlos patas arriba, irritarlos, mimarlos, darles alergias, alabarlos, para después reducirlos mejor, herirlos para consolarlos, asquearlos de sí mismo  mientras se les cautiva y entonces finalmente entender que 1000 multiplicado por 0 es igual a 0, obviamente la cabeza de Toto, el casco raspado. No hay nada en el coco. Arrancar el borrador, hacer una bolita y tirarla a la basura. Retomar una hoja. Revisar su copia.

Vivir más, disfrutar más. Los nuevos mandatos del siglo me alienan. Entonces, caigo embelesada. Pies y manos amarrados, un día entero, desengrano las horas. Y ya no quiero ser la mujer del amigo Ricoré. Quiero ser un taburete de tres patas.

El texto descarrila. Está recostado sobre un lado, respira lentamente.

Escribir feo.

Un pasaje obligado.

Un pasaje de larga duración

Un pasaje no muy sabio

Perseguir pero fuero de la jaula

Saborear a la verdadera bruja

Sin nunca caer borracho.

Pesadilla. Las rimas pobres hacen la cola en la sopa popular. Sale humo de su boca en pleno invierno.

O bien, cambio de agujas. El texto se larga hacia otra dirección.

Nuestros cuerpos se entremezclan. Dominante, dominado en un ballet sangriento de pura envidia. Carne y huesos se sacuden. Rígida es la vida que nos atraviesa.

Somos indomables cuando la tiranía se ejerce y nos quedamos impotentes frente a la igualdad.

La muerte se dobla en cuatro para suspender el segundo y nos sorprende a contrapelo. Ella envía un mensaje de amor agudo a esos esqueletos  sublevados por los electrochoques.

Se nos ha invitado a un festín de los dioses pero susurramos frases más triviales que cagadas de mosca.  Decididamente no estamos dotados.  Se nos ha puesto a manera de cerebro una estupidez  de Kinder Sorpresa, chocolate que se pega en el paladar y un juguete de plástico. Somos muy orgullosos cuando nos lo regalan. Después, envejece muy mal, los stickers se despegan,  no hace más que atrapar polvo sobre la estantería.

En fin, seamos indulgentes. No le disparamos a la ambulancia. Ya tiene las ruedas pinchadas, una sirena asmática y le robaron los retrovisores la semana pasada.

Tan yo, tan lejos de mí.  Diré todo, no sabrán nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 30 de marzo de 2015

Un puesto de mesa en Barcelona.


 



Bar Rec Comtal, no lejos de la estación de metro Arc de Triomf. Barrio El Born. Mes de julio.
Azulejos hasta el techo. Dos máquinas de monedas a la entrada, una de ellas expendedora de cigarrillos. Un aparador en el fondo con columnas torneadas. Una vitrina con copas, un pequeño barril, garrafas de cristal azul, mesas rectangulares de madera, sillas con espalda redondeada. Una barra de zinc.

Detrás de la barra, el jefe, barrigón, de pelo escaso y un bigote gris tupido en forma de arco sobre la boca. Para su madre todo el amor, las otras mujeres vienen después. Justamente, una pena de amor reciente le ha dejado un sabor amargo respecto de los tiempos actuales. Escúchame, hay cosas que no se hacen y punto. Después de veinte y seis años de matrimonio, tratarme así... poner mis maletas en la puerta.

El mesero tiene apariencia de espárrago. Pasa por entre las mesas y seca las sillas a golpe de limpión no muy convincente, algunas palabras quedan atrapadas entre sus dientes cariados, la camiseta manchada de salsa de tomate.

Dos pintores de brocha gorda,
trepados en sus altos taburetes al lado de la caja registradora, cuentan historias libidinosas de doble sentido y ríen a carcajadas. Los Jeans salpicados de estuco, los bíceps apretados en las mangas de las camisas, el paquete de Ducados machacado por el puño que lo cierra. Intercambian miradas cómplices. Siguen los movimientos de la faldita de una joven madre que pone el parasol del coche, acomoda al bebé y ajusta la correa de su sandalia, en la acera de enfrente.


Contra el aparador, un anciano fuma su pipa, el pelo amarillo engominado hacia atrás, la camisa de círculos naranja, estilo años 70, el bastón a su derecha, el periódico la Vanguardia puesto frente a él. Los cristales de culo de botella de sus gafas le hacen unos ojos diminutos de comadreja. Al leer, sigue las líneas con el dedo, como su profesora se lo enseñara.

Al fondo del bar, un par de ojos de muchacho malo podrían disparar a todo aquello que se mueva, si así lo quisiera su corazón, pero hoy no soltará el “pitbull”.  Suspiramos. En la piel del pequeño maleante, ya no hay más espacio, su vida hecha tatuajes ha llenado hasta el más mínimo milímetro cuadrado. Como un toro, un anillo traspasa sus fosas nasales. Para hacerle obedecer. Una gatita debe darse a la tarea ciertas noches. Sobre su melena hirsuta, lleva puesto un Panamá, sombrero incongruente que contrasta con el resto de la silueta. El significado escapa. Tal vez quiere insinuar que un aire de caballero habita en él.
Pegada a la vitrina, una abuelita, menuda, muy menuda por cuenta de los años, mordisquea un churro empapado del chocolate en el que lo ha estado sumergiendo. No ve nada más que la punta del bizcocho. Ensimismamiento. El momento más dulce del día requiere concentración. Todo en ella es de color rosa, sus mejillas, su chaleco, sus medias, sus zapatos de suela de goma. Sin embargo, su pelo es de color azul. Pertenece a la nueva tendencia punk elegante, sin saberlo.

La mesa del centro está ocupado por la persona más extraña de este cuadro, la turista francesa. Sacudida al vaivén de la corriente que se cuela por entre el laberinto de callejones, vino a encallar aquí. Libremente. Revuelve el café con su mano derecha, mientras que con la izquierda escribe sobre el individual de papel, manchado con la grasa de su comida. Estofado de cordero y crema de natilla. Escribe aquello que sus ojos no han dejado de observar, un planeta, todo un planeta que desfila ante ella y que ella absorbe. Piensa que el momento de la gran regurgitación llegará. Un día, será ella quien dé de leer a los demás.

El jefe se acerca curioso, tímido adolescente. Usted escribe un poema? Uh, no, un texto, en fín, eso me gustaría, eso creo –la vergüenza la hace ruborizar– no lo sé, es el lugar que me gusta, el punto de encuentro, la confluencia, la gente. Pero ya se rinde porque ve que el papel se reduce. Ella tiene por costumbre llenar una hoja y parar allí donde el papel acaba. Continuar sobre otro individual, podría ser, bastaría con pedir uno, pero no. Una página. No podría hacer mejor. Cuidado! Unas palabras más y la historia va a concluir. La superficie disminuye, la descripción termina. El viejo saca la lengua, ajusta sus gafas,
fija la mirada en el suelo.
...
¿Quieres otro mantel? El jefe que pasa por allí, atraviesa frente a sus narices otro individual limpio, lo pone en su mesa antes de que ella tenga tiempo de responder. Acompaña la escritura con un pequeño vaso de "un no sé qué", cuyo nombre no ha entendido. Romántico. Él piensa que los escritores se inspiran con el alcohol. El asa del vaso está en la parte inferior, pero el líquido llega hasta la cima. Conmovido por esta pequeña mujer, poco común, él ordena. ¡Continúa! La francesa no tiene otra opción. Hijueputa! Un nuevo espacio virgen se abre. La historia no se detiene como ella pensaba. Está allí, comenzando de nuevo a escribir.
Un sorbo provoca un pequeño círculo sobre el individual de papel. Otro pequeño sorbo y un segundo círculo se traza. Diríamos un par de gafas dibujadas en el individual. Añade dos puntitos para hacer los ojos. El licor huele a hierbas de la garriga de la Collserola, allá detrás de la montaña de Tibidabo. La atmósfera se calma. Van a ser las 4 de la tarde. Los últimos menús del día ya se acabaron. Los estómagos llenos se fueron a roncar. No quedan allí que la insólita francesa y dos viejitos, sentados uno a espaldas del otro, torciéndose el cuello para discutir.
 
La hermana del patrón, vestida con una blusa azul de cuadros, barre el
lugar. Pronto pasará el trapero que ellos llaman la “escoba española”.  Aquel
que parece una gran araña que frota el suelo con sus grandes patas de tiras
de franela.  Esa última no limpia nada. Revuelve la mugre  y la acumula en
las esquinas, pero a nadie le importa, eso refresca. La mujer reniega
porque, a pesar de todo, es ella la que siempre llena el distribuidor de
cigarrillos.  Sí, pero veamos, hay cosas más difíciles en la vida, deja de
quejarte, dice su hermano, ahogando su pena sin poder disimularlo.  Lo que
pasa es que las mujeres quieren la vida de los hombres y nosotros, no
queremos la vida de las mujeres. Entonces, ¿qué vamos a hacer? A este paso,
todos vamos a volvernos homosexuales, pero yo, ya sabes, no quiero un
hombre en mi cama. Me gustan las mujeres, son divinas.

En la barra, un recién llegado, el paki. Traje de marinero y cara de
inmigrante que enamora. Piel color canela. Pelo negro, ojos muy negros, dientes
muy blancos. Toma con el pitillo sorbos de Coca-Cola, única bebida que une
a todos los pueblos.
Viene del locutorio, justo en la puerta contigua.  Desde allí uno se
comunica con el planeta entero. Todos hacen fila para hablar con su madre,
su hermano, su amigo de toda la vida que se quedó en el país. Encrucijada
de un nuevo estilo. Todos los idiomas se entremezclan. Es la Babilonia de
los tiempos modernos. Pero ni la Torre de Babel, ni las torres gemelas, ni
el más alto lugar de las finanzas, van a colapsar. Nadie saltará desde sus
ventanas. Es la planta baja.
Aquí, no hay lugar para el orgullo. Las cabinas están enfiladas,
estrechas, unas muy juntas al lado de las otras
. A cada uno su pequeña cabina y a
cada uno su gran emoción. Tener por fin, al otro lado del teléfono,  a la
persona que nos hace falta. Modestia y fraternidad.

Ya no tengo más espacio en el individual de papel.
 

 
Traducción Adriana Bernal.

domingo, 15 de marzo de 2015

Funérailles.v2.


 

Je vais vous raconter une anecdote qui décrit bien le personnage. Et vous avez le droit de rire, c’est pas interdit. Même si, aujourd’hui, vous êtes tous habillés comme des corbeaux.


Alors, les protagonistes sont : une petite fille de dix ans, un grand frère, et leur maman.

L’année : 1982.

Le lieu : un appartement, dixième étage dans une tour appelée Bagatelle, à Dijon,  au-dessus de la gare, les trains font un barouf d’enfer l’été quand les fenêtres sont ouvertes, on respire la créosote et on entend crier les martinets.

Dialogues en famille.

La petite fille, affalée sur le dictionnaire Larousse: Dis, c’est grand comment la tour Eiffel ?

Le frère : Ch’ai pas. Trois cents mètres, à la louche.

La petite fille : Mouais…mais c’est grand comme combien de tour Bagatelle ?

Le frère : Ben c’est beaucoup plus grand.

La petite fille qui insiste : Ouais mais combien ? Deux fois, trois fois. Combien ? Dis-moi!!

La mère est face à l’évier. Elle fait la vaisselle.

Le frère : Ch’ai pas moi, comme six fois, sept fois…

La petite fille : Et l’Arc de Triomphe ?

Le frère continue de souder ses trucs électroniques: Pffff...T'es vraiment casse-couilles, toi!

La petite fille : Et la colonne Vendôme ?

Le frère s’énerve: Euh…Cherche dans ton dico !

La petite fille : Et le génie de la Bastille ? Et le Sacré Cœur ? C’est grand comment ? Maman, C’est grand comment ?

La mère, elle n’entend rien, elle fait du bruit avec ses casseroles.

Et les questions défilent, défilent. A la vitesse d’un cerveau d’enfant…

Le frère : T’as jamais vu Paris, toi ?

La petite fille, exaspérée, les yeux au ciel : Ben non. Ou alors dans une vie antérieure, quand j’étais Marie Antoinette. Pfff.


La mère donne des croquettes aux chats. Il est dix heures du soir et c’est samedi.

Le frère : Prépare ton sac. On y va.

La petite fille : Sac de quoi? On  va où?

Le frère : Ouais, on y va. Direction Panam.

Les yeux de la petite fille s’écarquillent et elle ouvre une bouche grande comme un four.


300km, c'est la porte à côté ! La mère remet des croquettes dans l’assiette des chats et ils montent illico dans la Golf Gti, orange et toute pourrie. Les portières ferment avec des tendeurs. Les phares mal réglés éclairent à peine la nationale. Une demi-heure plus tard, ils tombent en panne. La Golf hoquète et se traîne à trente à l’heure. Elle crache des flammes par le pot d’échappement. Et de l’huile aussi. Les voitures qui suivent en prennent plein la poire. Les chauffeurs doivent mettre leurs essuie-glaces. Finalement, ils doublent. Tous les cinquante kilomètres, il faut s’arrêter et remettre un bidon d’huile pour que le moteur n’explose pas. La mère fait des chèques en bois dans chaque station-service. C’est fin juin donc fin de mois donc pas une thune. Ils mettent des plombes pour arriver à destination.

Pour une petite fille de dix ans et pour un premier voyage, des plombes, c’est vraiment très long. Une nuit blanche interminable.

Une fois arrivés, avec un café dans l’estomac, ils sillonnent la capitale de long en large: la tour Eiffel, la colonne Vendôme, le Moulin rouge, le Sacré Cœur…

Ils font le tour de l’Etoile cinq fois avec la Golf orange et toute pourrie. On dirait qu’elle roule sur deux roues tellement elle penche dans le virage. C’est chouette !

En courant, ils montent et descendent les Champs-Élysées. La petite fille, pendue à la main de son frère, vole derrière lui comme un fanion accroché à un vélo.

Il a des grandes jambes et elle, des toutes petites. La mère se plaint. Elle a mal à ses oignons. La petite fille prend toutes les mesures possibles : combien de tour Bagatelle l’Arc de Triomphe, combien de tour Bagatelle la tour Montparnasse…

Et puis, ils prennent le métro. Ils montent en première classe avec des billets de seconde. Ils se prennent une amende. La mère  gueule, parce que quand même. Et elle fait un chèque en bois. Un de plus, un de moins.

Sur le chemin du retour, ils  passent voir les avions à Orly. Y a même le Concorde. Celui qui traverse l’Atlantique. Avec son nez tout pointu. Celui qu’on voit d’habitude à la télé chez Mourousi.

Ils rentrent à la tour Bagatelle avec la golf Gti, orange et toute pourrie, qui finalement a tenu le coup. Ils mettent encore des heures.

La petite fille va directement à l’école sans passer par son lit. Ils la déposent devant la grille avec son cartable et ses yeux plein de sommeil et de merveilles. Ça rime mais c’est pas fait exprès. C'est la vérité.

Ce jour-là, en classe, c’est expression écrite. Elle rédige un texte ou plutôt un traité scientifique intitulé, je vous le donne en mille, « Mesure des monuments de Paris en unité tour Bagatelle. »

La mère, elle retourne à ses gamelles. Tampon Jex et Solivaisselle.

Et lui, il retourne à ses bidouillages.

La petite fille, aujourd’hui, c’est elle qui donne des rédac aux élèves. Mais pas trop souvent parce que c’est chiant à corriger.

La petite fille, aujourd’hui, elle habite de l’autre côté de la mer.

Elle prend des avions comme on monte dans les Golf Gti. Orange et toute pourrie. Elle a le goût de l’aventure et des ailleurs.

Y en a qui disent : c’est bizarre. On ne sait pas d’où ça vient. On ne sait pas d’où ça sort.

La mère, elle est partie récurer les casseroles de Saint Pierre, il y a bien longtemps déjà.

Et lui ? Me direz-vous. Avec un joli point d’interrogation en queue d’écureuil.

Eh bien, il est là, étendu entre quatre planches, devant vous.

Devant moi.


Hommage.

Je te salue grand frère !
Que les flammes te soient douces, que la terre te soit légère,
Et bon voyage !




Version originale 25/05/2006.
Version blog 1, novembre 2012.
 


 

 

jueves, 19 de febrero de 2015

Tellement moi.v2.



Tellement moi. Tellement loin de moi.

Dicible, indicible, je dirai tout, vous ne saurez rien.

Faire ce que je veux. Dire ce que je veux. Ecrire ce que je veux tout comme danser topless en discothèque. Un trop-plein de liberté qui donne le vertige à ceux qui s’approchent.

Aimer frissonner. Agir sous l’impulsion du moment et de l’image.

Caresser le danger sans jamais montrer sa peur.

S’armer d’une épée et d’un bouclier même pour dormir.

Attendre un regard ou le provoquer, offrir son corps en remerciement d’un sourire, s’émerveiller de la pépite gagnée, et puis, ouvrir le coffre en fin d’année, faire les comptes, découvrir l’or changé en plomb, perdre beaucoup.

Vouloir se caser à tout prix, au chausse-pied, alors qu’on déteste la routine et les chaussettes hommes/femmes mélangées dans un seul tiroir.

N’avoir aucune consistance au milieu d’un appartement vide, et prendre forme dans un café bondé.

Valoir 0 pour papa. Valoir 100 pour maman.

Rêver d’une vie trépidante, toujours dans la surenchère, plus et mieux que les autres tout en jalousant la banalité et la sécurité de la voisine: un mari, trois gosses, un futon, un chien, et un rendez-vous chez le pédiatre pour la varicelle du petit dernier.

Réclamer la quiétude inattendue, la paix ravageuse, la tranquillité sur le qui-vive.  

Monter au créneau et faire flotter l’étendard de la contradiction.

Attirer les hommes, les tenter, leur tenir chaud, les chambouler, les irriter, les dorloter, leur donner des allergies, les encenser, pour ensuite mieux les réduire, les blesser pour les consoler, les dégouter de soi, tout en les captivant, et puis enfin comprendre que 1000 multiplié par 0 égal 0, évidemment la tête à Toto, la boule à zéro. Rien dans le ciboulot. Déchirer le brouillon, faire une boulette et la jeter à la corbeille. Reprendre une feuille. Revoir sa copie.

Vivre plus, jouir plus, exister plus. Les nouvelles injonctions du siècle  m’aliènent. Alors je tombe en pamoison. Pieds et mains liés, un jour entier, j’égrène les heures. Et je ne veux plus être la femme de l’ami Ricoré. Je veux être un tabouret à trois pattes.

Le texte déraille. Il est couché sur le flanc, respire lentement.

Ecrire moche

Un passage obligé

Un passage de longue durée

Un passage pas très sage.

Poursuivre mais hors de la cage.

Goûter à la vraie vouivre

Sans jamais tomber ivre

Cauchemar. Les rimes pauvres font la queue à la soupe populaire. De la fumée sortent de leur bouche en plein hiver.

Ou bien changement d’aiguillage. Le texte file dans une autre direction.

Nos corps se mêlent. Dominant, dominé dans un ballet sanglant de pure envie. Les chairs se secouent. Raide est la vie qui nous transperce.

Nous sommes indomptables quand la tyrannie s’exerce et nous restons impuissants face à l’égalité.

La mort se plie en quatre pour suspendre la seconde et nous surprendre à rebrousse-poil. Elle envoie un message d’amour pointu à ces carcasses soulevées par les électrochocs. Nous sommes conviés au festin des dieux mais nous susurrons des phrases plus triviales que des chiures de mouche. Décidemment, nous ne sommes pas doués. On nous a refilé en guise de cerveau une saloperie de Kinder surprise, du chocolat qui colle au palais et un gadget en plastique. Nous sommes vraiment fiers quand on nous l’offre. Ensuite ça vieillit mal, les stickers se décollent, ça ne fait que prendre la poussière sur l’étagère.

Enfin soyons indulgents. Ne tirons pas sur l’ambulance. Elle a déjà deux pneus crevés, une sirène asthmatique et on lui a piqué les rétroviseurs la semaine dernière.

Tellement moi. Tellement loin de moi. Je dirai tout, vous ne saurez rien.

lunes, 16 de febrero de 2015

Faz a Faz.




Una circunstancia: un bus para tomar.


Yo estaba corriendo sobre el asfalto en dirección de la estación de autobuses. Me tragaba los andenes y volteaba en seco en ángulo recto. Las casas corrían en sentido inverso a la derecha y a la izquierda.

El cielo azul cobalto y el sol ardiente devastaban la ciudad con una luz que yo no podía describir. No me era familiar. No pertenecía a ninguna época del año conocida.
Paraba de repente mi carrera. Sacaba mi mini cámara. Una vez más, la necesidad furiosa de capturar una imagen, una idea, una palabra superaba el resto... superaba el imperativo de un horario de bus.


Corría cincuenta metros, fotografiaba una casa, corría otros cincuenta metros, frenaba bruscamente,  apuntaba el aparato y así sucesivamente. Me parecía sacar el retrato de personas encontradas en mi camino.

A causa de la excesiva luminosidad, la pantalla quedaba negra, enfocaba a ciegas. Más tarde, en el autobús, decepción. El resultado era mediocre. Borrosas o mal centradas, me tocaba borrar los dos tercios.

No importa, regresaré solamente para fotografiar esas casas. Siempre se puede volver. El final del viaje no es un duelo, es un nacimiento.

Guardo un gran afecto por esas nueve fotos rescatadas.

Un material: el cartón.

 

Las casas de esa ciudad están construidas en cartón comprimido.

Tiemblan cuando uno da un portazo,  cuando uno sube por las escaleras.

Me hicieron pensar a las casas que yo fabricaba con cajas de zapatos y cinta para acostar mis muñecas y mis ositos de peluche.

En la cocina, un gran fogón ronca como un dragón dormido, enrollado sobre sí mismo. Uno se imagina sus paredes quemándose de golpe si sólo una chispa saliera de su nariz.

Me quedé perpleja ante la fragilidad de esta casa de los tres cerditos. En una región de clima tan áspero, el lobo feroz podría perfectamente soplarla como una vela.


¿Por qué no eligieron un material más sólido, un mejor aislante?  Pregunté a los habitantes.

Respuesta: siempre lo hemos hecho así.
La tradición prevalece sobre la razón.

Me voy tranquila: un toque de locura gobierna todavía este mundo.

La parte de un conjunto: una fachada.

 

Una casa, un hospedaje, un hogar, un nido, un refugio, una madriguera, un vientre, en el que nos adentramos, cuando tenemos frío, cuando estamos cansados, cuando tenemos miedo, para proteger nuestros amores, para ocultar nuestras rabias, un dominio para poner en seguridad nuestra intimidad, una concha para abrigar nuestro cuerpo vulnerable.

Ese día, por la calle,  era sobre mi espalda que cargaba mi coraza - una mochila grande - como un caracol, me encanta esta anatomía que me confiere el viaje.

La casa alberga nuestra interioridad y ésta atraviesa las paredes y se manifiesta exteriormente: la elección de la pintura, de las molduras, de las decoraciones, de las cortinas, de las rejas, de las macetas.


Hay una circulación fluida entre el adentro y el afuera.

La casa se da a la lectura de los transeúntes e informa acerca de sus huéspedes.
El interior se destiñe sobre el exterior, el espacio íntimo sobre el espacio público.


Fotografié una casa pero era como fotografiar el rostro de una persona.

Y también, existe la analogía: los ojos, la nariz, la boca, las ventanas, una puerta, un umbral.

Como en los dibujos de los niños, las casas sonríen con una gran boca llena de dientes y una mirada de soslayo.


Entonces, estábamos faz a faz, los ojos en los ojos.


En ese momento. Sobre ese punto del planeta.

CLIC. Nos reconocimos.


Instante T:

4 de enero de 2015, 11:52 am.

Coordenadas geográficas:

Puerto Natales (Chile) latitud -51° 43’ 25 S, longitud -72° 29’ 14 O.


Las fotografías están expuestas en este momento en el espacio cultural A6Manos, Calle 22#8-60, Bogotá.

Muchas gracias a Luz María García Urrego por las correcciones.

 

Face à Face.



Une circonstance: un bus à prendre.

Je courais sur l’asphalte en direction de la gare routière. J’enfilais les trottoirs et je tournais sec à angle droit. Les maisons couraient en sens inverse à droite et à gauche. Le ciel bleu de cobalt et le soleil flamboyant dévastaient la ville d’une lumière que je ne pouvais décrire. Elle ne m’était pas familière. Elle n’appartenait à aucune saison que je connaisse.
J’arrêtais net ma course. Je sortais mon mini appareil photo. Une fois de plus, la nécessité furieuse de capter une image, une idée, un mot l’emportait sur le reste…l’emportait sur l’impératif d’un horaire de bus.
Je courais cinquante mètres, photographiais une maison, courais cinquante mètres, freinais brusquement, braquais l’appareil et ainsi de suite. J’avais l’impression de tirer le portrait de personnes rencontrées sur mon chemin.
À cause de la trop forte luminosité, l’écran était noir, je cadrais à l’aveugle. Plus tard dans le bus, déception. Le résultat était bien médiocre. Floues ou mal centrées, il fallait en effacer les deux tiers. Peu importe, je reviendrai et seulement pour photographier ces maisons. On peut toujours revenir.
La fin du voyage n’est pas un deuil, c'est une naissance.
J’affectionne les neuf photos rescapées.

Un matériau : le carton.

Les maisons de cette ville sont construites en carton compressé. Elles tremblent quand on claque la porte, quand on monte les escaliers. Elles m’ont fait penser aux maisons que je fabriquais avec des boîtes de chaussures et du scotch pour coucher mes poupées et mes nounours.
Dans la cuisine, un gros poêle ronfle comme un dragon endormi, enroulé sur lui-même. On imagine les murs s’enflammer d’un coup d’un seul si une flammèche venait à sortir de ses narines.
Je suis restée perplexe devant la fragilité de la maison des trois petits cochons. Dans une région au climat si rude, le grand méchant loup pourrait très bien la souffler comme une bougie. Pourquoi ne pas avoir choisi un matériau plus solide, un meilleur isolant ?  J’ai posé la question aux habitants.
Réponse : on a toujours fait comme ça.
La tradition prévaut sur la raison.
Je m’en vais rassurée : un grain de folie gouverne encore ce monde.

La partie d’un tout : une façade.
 
Une maison, un gite, un foyer, un nid, un refuge, un terrier, un ventre, dans lequel on s’engouffre, quand on a froid, quand on est fatigué, quand on a peur, pour protéger nos amours, pour cacher nos colères, un domaine pour mettre en sureté notre intimité, une coquille pour abriter notre corps vulnérable.
Ce jour-là, dans la rue, c’est sur mon dos que je portais ma coquille-un gros sac- comme un escargot, j’adore cette anatomie que me confère le voyage.
La maison héberge notre intériorité et celle-ci traverse les murs et s’affiche aussi à l’extérieur : choix de la peinture, des moulures, des décorations, des rideaux, des grilles, des pots de fleurs.
Il y a une circulation fluide entre le dedans et le dehors.
La maison donne à lire aux passants et renseignent sur ses hôtes.
L’intérieur déteint sur l’extérieur, l’espace intime sur l’espace public.
J’ai photographié une habitation mais c’était comme photographier le visage d’une personne. Et puis, il y a aussi l’analogie : des yeux, un nez, une bouche, des fenêtres, une porte, un seuil.
Comme dans les dessins d’enfants, les maisons sourient avec une grande bouche pleine de dents et un regard en coin.
Alors, nous étions face à face, les yeux dans les yeux.
A ce moment. Sur ce point du globe.
CLIC. Nous nous sommes reconnus.


Instant T : 4 janvier 2015, 11:52 am.

Coordonnées géographiques : Puerto Natales (Chili),
latitude -51° 43’ 25 S, longitude -72° 29’ 14 O.
 

Les photos sont exposées actuellement à l'espace culturel A6Manos, Calle 22#8-6, Bogotá.
                                    

                                        

 

miércoles, 11 de febrero de 2015

INTERDIT D'ECRIRE




La peur de ne plus pouvoir écrire me taraude, me sculpte les reins, me crampe les orteils, m’écorche les ongles, m’épuise la nuit pendant que je fixe le plafond.

Il y a quelques mois, je  me suis retirée l’autorisation de tenir un stylo. J’ai élevé cet objet au rang d’instrument de musique sacrée que seuls les monstres demiurges peuvent faire sonner de leur esprit aiguisé: Chateaubriand, Duras, Kafka, Schnitzler, Fitzgerald…

Plus je lis, plus je suis soumise à un double mouvement : j’entre sous terre tout en m’élevant. J’éprouve un furieux sentiment d’infériorité et simultanément une violente transcendance. Je suis la proie de vecteurs forces qui partent dans des directions opposées. Je rapetisse tout en m’étirant.

Il m’est maintenant impossible de toucher un stylo puisqu’il est devenu à mes yeux sceptre de roi, goupillon de curé, baguette magique de fée ou de Bateleur.

Je lui accorde tous les pouvoirs et je chante un nouveau credo: L’encre se transsubstantie en esprit de l’écrivain comme le vin se transsubstantie en sang du Christ Sauveur.

J’en suis arrivé là. Jusque-là. Très loin donc.

J’observe,  posé sur la table, cet humble stylo Bic à un euro cinquante. Il ne se doute de rien. Moi, je le vois d’un autre œil. Dans mes hallucinations paranoïaques,  je pense qu’il me toise. Il lève le menton très haut à la façon d’un Mont Blanc. Il se gausse de mes divagations littéraires.  Je rentre la tête dans les épaules, je détourne mon regard, je le saisis et  j’essaie de le noyer dans la masse en le plongeant direct, tête la première, au beau milieu du pot à crayons.

Bataille perdue d’avance. Il finit par réapparaître.

Je n’ai plus le droit de soutenir son corps mince entre mon pouce et mon index. Malgré tout, je m’octroie encore de petites largesses. Des petits coups de canif dans le contrat. Je l’empoigne alors pour écrire des inventaires interminables « affaires à faire », pour aligner des chiffres et des comptes, pour noter des horaires, pour gribouiller au téléphone, pour mâchouiller son capuchon, pour me gratter le cuir chevelu.

Je réduis son emploi à des tâches ingrates. Son élégance est réduite au silence. Et ma santé décline.

Comme Icare, j’ai eu la prétention de vouloir voler et m’approcher du soleil. La cire a fondu, les ailes se sont décrochées et j’ai sombré dans les eaux. Mais à la différence du bel athénien, je suis une mouche. Je me suis approché d’une ampoule et ça a fait un petit crcrcrcrcrc accompagné d’une odeur désagréable. Rien de plus.

La honte m’envahit chaque jour un peu plus.

Et comment expliquer aux personnes que je croise, qui me demandent des nouvelles de mes écrits ou de mes lectures que plus jamais - NON, je vous jure , plus jamais, au grand jamais,  je n’aurai l’arrogance d’aligner trois mots sur un papier…sauf s’il s’agit d’une liste de course : papier-cul, pain de mie, dentifrice, céréales, bête à bon dieu, cacophonie, otite, douleur aigue…

Je ne souillerai plus la feuille immaculée de mon flux de ventre. Cette fois, je compte bien contenir et dominer la tripaille.

Et comment leur expliquer que si, par le passé, je leur avais offert en spectacle le déballage de mes chagrins de pacotille, c’est parce que je  péchais en toute innocence, ou plutôt en toute inconscience.

J’avais commencé à écrire comme ça, sans m’en rendre compte. Finalement, il n’y avait pas tant d’orgueil dans le processus, même si certains présumaient du contraire.

Simplement, j’étais grosse de mots. Ils pointaient le bout de leur nez en permanence. Alors je les griffonnais partout, sur les mouchoirs en papier, les paquets de cigarettes, les sacs de pan de bono, les sets de table, les post-it, au dos des chéquiers, des flyers, des programmes de cinéma…

J’avais une sensation d’eaux souterraines qui se mettaient à déborder. C’était la grande résurgence qui me prenait par surprise. Tout arrivait en surface soudainement et j’avais pris l’habitude de répondre à ces manifestations sauvages, d’une violence d’avant la naissance…

Je sortais de la douche, des toilettes en courant pour attraper un calepin. J’écrivais debout dans le bus, dans la queue au supermarché. Le déjeuner pouvait refroidir devant moi. Les voitures pouvaient klaxonner quand le feu passait au vert. Sur le trottoir, je marchais trois pas, je prenais des notes sur mon genou, je refaisais trois pas. La mine du stylo traversait le papier et le tissu du pantalon. 

Je me relevais la nuit.

Naturellement, en toute insouciance, et instinctivement je couchais les mots les uns à côté des autres. Et puis ensuite, j’ai eu envie de les faire défiler sur le podium. Je ressassais souvent la même question : pourquoi avoir besoin de les exposer, de les faire sortir du tiroir ? 

Je ne voyais qu’une seule réponse. Je voulais rendre au monde les chocs émotionnels que j’avais vécu lors de mes lectures.

Une personne sur mille ou dix mille ou un million serait touchée sans doute par une de mes historiettes. Son inconscient percuterait le mien comme le mien avait percuté celui de certains écrivains. Les silex se rencontreraient pour faire jaillir des étincelles, pour illuminer les profondeurs, donner la force de poursuivre.

J’avais reçu, alors je devais réfléchir la lumière comme la lune nous renvoie celle du soleil.

C’était un argument  qui claironnait haut et fort une certaine prétention : pouvoir émouvoir. Le pouvoir suprême de donner des orgasmes à autrui.

Mais de ma fenêtre, aucune gloriole. Le paysage s’étalait, grandiose. Je gueulais au vent et j’écrivais fraîche et généreuse. Ou bien fulminante et débraillée, je fouillais les gouffres d’un évier en train de régurgiter, une clé de douze dans une main, un oxymore dans l’autre…la vie…

Et puis retour de bâton, juste ou injuste, sans aucune cause apparente, je croise sur ma route une énorme pancarte INTERDIT D’ECRIRE SOUS PEINE DE VILAINES POURSUITES.

Une pancarte bien française. Blanche avec des lettres rouges. Et en bas, on précise : Arrêté préfectoral de merde n° 1010 101 001.

J’ai beau me réciter tous les arguments que j’énonce habituellement à mes amis pour les inciter à écrire, à créer. Rien n’y fait. J’obéis à l’injonction.

Les mois passent.

Je ne sais plus entre quelle mort lente choisir : étouffer de honte en  donnant à lire à mes semblables des productions de faible qualité ou bien accepter que l’absurdité de la vie, comme un boa constrictor, resserre chaque jour un peu plus son étreinte sur mes côtes.

On remarquera qu’il s’agit d’asphyxie dans les deux cas.

Les mois passent. Je dépéris.

Et puis je reprends le stylo. Doucement. Comme lorsqu’on appuie sur la pédale du vélo, celui qui a des petites roulettes derrière.

Et puis je reprends le stylo. Timidement. Comme lorsqu’on approche la main et que l’adulte vous fait les gros yeux « Pas touche ! ».

Et puis je reprends le stylo. Automatiquement. Comme lorsqu’on s’essuie la morve d’un revers de la main en hiver.

Et puis je reprends le stylo. Obstinément. Comme lorsqu’on veut remplir à tout prix ce grand vide qu’on nous offert, en cadeau parait-il, le jour de notre naissance.

Entre le silence et les mots, je choisis de nouveau les mots.

Affirmer que je choisis serait présomptueux. Je présume que les mots ont rempli de nouveau l’arrosoir, que la crainte a desserré son collet, que le goût du risque a fait une nouvelle poussée d’acné…

Toujours est-il, lecteur, que la bille glisse de nouveau sur le papier, à votre grand dam peut-être. Mais pour mon plus grand salut !

Bien sûr, la vergogne est encore assise à mes côtés. Elle souffle sur son thé pour le faire refroidir, lorgne sur l’écran de l’ordinateur, me chuchote des trucs moches à l’oreille.

Confidence un soir de grand vent.