jueves, 23 de abril de 2015

PROHIBIDO ESCRIBIR


 

El miedo de no poder escribir más me taladra, me esculpe los riñones, me encalambra los dedos de los pies, me despelleja las uñas, me consume la noche mientras miro fijamente el techo.

Hace algunos meses, me desautoricé a coger el lapicero. Elevé este objeto  hasta el rango de instrumento de música sagrada que solo monstruos demiurgos pueden tocar con su espíritu agudo: Chateaubriand, Duras, Kafka, Schnitzler, Fitzgerald…

Entre más leo, estoy más sometida a un movimiento doble: entro bajo tierra elevándome. Me posee un sentimiento furioso de inferioridad y simultáneamente una violenta trascendencia.

Soy la presa de vectores fuerza que van en direcciones opuestas. Me encojo estirándome.

Me es ahora imposible tocar un lapicero ya que se ha convertido para mí en cetro de rey, hisopo de cura, varita mágica de hada o de Mago. Les atribuyo todos los poderes y canto un nuevo credo:

La tinta se transubstancia en el espíritu del escritor como el vino se transubstancia en la sangre de Cristo Salvador.

Aquí llegué. Hasta aquí. Muy lejos, entonces.

Observo, sobre la mesa, este humilde lapicero Bic de un euro cincuenta. No sospecha nada. Yo lo miro con otros ojos. En mis alucinaciones paranoicas, pienso que me mide. Levanta la barbilla muy alto a la manera de un Mont Blanc. Se burla de mis divagaciones literarias. Escondo la cabeza entre los hombros, volteo la mirada, lo agarro y trato de ahogarlo en la masa, directo de cabeza, en toda la mitad del tarro de lápices.

Batalla perdida de antemano. Acaba por reaparecer.

Ya no tengo el derecho de sostener su delgado cuerpo entre mi pulgar y mi índice.

A pesar de todo, me otorgo ciertas ligerezas. Pequeños navajazos en el contrato.

Lo empuño entonces para escribir listas interminables “cosas por hacer”, para alinear cifras y cuentas, para anotar horarios, para garabatear mientras estoy al teléfono, para mascar su tapa, para rascarme el cuero cabelludo.

Limito su uso a tareas ingratas. Su elegancia se reduce al silencio. Y mi salud declina.

Como Ícaro, pretendí querer volar y acercarme al sol. La cera se derritió, las alas se despegaron y me hundí en el agua. Pero a diferencia del hermoso ateniense, soy una mosca. Me acerqué a una lámpara y sonó un pequeño crcrcrcrcrcr acompañado de un olor desagradable. Nada más.

La vergüenza me invade cada día un poco más.

Y cómo explicar a las personas que me cruzo y me preguntan por mis escritos y mis lecturas que nunca más –No, se los juro, nunca más, nunca jamás, tendré la arrogancia de juntar tres palabras sobre un papel…a no ser que se trate de una lista de mercado: papel higiénico, pan tajado, crema dental, cereales, mariquita de la suerte, cacofonía, otitis, dolor agudo…

No ensuciaré más la hoja inmaculada con el flujo de mi vientre. Esta vez me propongo contener y dominar las tripas.

Y como explicarles que si, en el pasado, les regalé el espectáculo de sacar los trapitos al sol de mis penas de pacotilla fue porque pecaba siendo inocente, o más bien siendo inconsciente.

Comencé a escribir así sin darme cuenta. Al fin y al cabo, no había mucho orgullo en este proceso, aunque algunos presumieron lo contrario.

Simplemente, estaba llena de palabras. Ellas asomaban su nariz en permanencia. Garabateaba en los pañuelos de papel, las cajetillas de cigarrillos, las bolsas del pan de bono, los individuales de mesa, los post-it, detrás de la chequera, los volantes, las programaciones del cine…

Tenía una sensación de aguas subterráneas que comenzaban a desbordarse. Era un gran manantial que me tomaba por sorpresa. Todo llegaba a la superficie de repente y cogí la costumbre de responder a esas manifestaciones salvajes, de una violencia previa al nacimiento…

Salía de la ducha, del baño corriendo para atrapar mi libreta. Escribía parada en el bus, en la fila del supermercado. El almuerzo podía enfriarse. Los carros podían pitar cuando cambiaba el semáforo a verde. En el andén caminaba tres pasos tomaba nota sobre mi rodilla, y caminaba otro tres pasos. Atravesaba el papel y la tela del pantalón.

Me levantaba de noche.

Naturalmente, con despreocupación, e instintivamente tendía las palabras unas al lado de las otras y luego quise verlas desfilar sobre el podio. Me repetía sin fin y seguido la misma pregunta: ¿por qué esa necesidad de exponerlas, de sacarlas del cajón?

Solo veía una repuesta. Quería devolverle al mundo los impactos emocionales que había vivido durante mis lecturas.

Una de mil personas o de diez mil o de un millón se emocionaría sin duda con alguna de mis historietas. Su inconsciente golpearía el mío, así como el mío había golpeado el de algunos escritores. Los sílex se encontrarían para hacer saltar chispas, para iluminar las profundidades, dar fuerza para seguir.

Había recibido, entonces tenía que reflejar la luz así como la luna nos refleja la del sol. Este era un argumento que pregonaba alto y fuerte cierta pretensión: poder conmover. El poder supremo de causar orgasmos en el otro.

Pero ninguna vanagloria, desde mi ventana. El paisaje se extendía grandioso. Le aullaba al viento y escribía fresca y generosa. O también fulminante y desarreglada, excavaba en las cuevas de un fregadero regurgitando, una llave de doce en una mano, un oxímoron en la otra…la vida…

Y luego, me salió el tiro por la culata, justo o injusto, sin causa aparente, me cruzo en el camino con una enorme pancarta: PROHIBIDO ESCRIBIR BAJO PENA DE NULIDAD ABSOLUTA. Una pancarta muy francesa. Blanca con letras rojas. Y abajo se precisa: resolución distrital de mierda n° 1010 101 001.

Inútil recitarme todos los argumentos que les doy con frecuencia a mis amigos para incitarlos a escribir, a crear. No sirve de nada. Obedezco al mandato.

Los meses pasan.

No sé entre cuál muerte lenta escoger: ahogarme de vergüenza dando a leer producciones de mala calidad a mis semejantes o aceptar que lo absurdo de la vida, como una boa constrictora, aprieta cada día un poco más su abrazo en mis costillas.

Se notará que se trata de asfixia en los dos casos.

Los meses pasan. Agonizo.

Y entonces vuelvo a coger el lapicero. Despacio. Como uno pisa el pedal de una bicicleta de rueditas traseras.

Y entonces vuelvo a coger el lapicero. Tímidamente. Como uno acerca su mano mientras un adulto abre inmensamente sus ojos diciendo “no toques”.

Y entonces vuelvo a coger el lapicero. Automáticamente. Como uno se limpia los mocos con el revés de la mano en invierno.

Y vuelvo a coger el lapicero. Obstinadamente. Como cuando uno quiere llenar, a cualquier precio, este gran vacío que nos ofrecen, de regalo dicen, el día en que nacemos.

Entre el silencio y las palabras, escojo nuevamente las palabras.

Afirmar que escojo sería presuntuoso. Presumo que las palabras han llenado nuevamente la regadera, que el temor aflojó su lazo del cuello, que el gusto por el peligro produjo un nuevo brote de acné.

Y es así, lector, que la mina se desliza de nuevo sobre el papel, para su gran desgracia. ¡Pero para mí más grande salvación!

Claro está, la vergüenza sigue sentada a mi lado. Sopla su té para que se enfríe, atisba la pantalla del computador, me cuchichea vainas feas al oído.

Confidencia de una tarde de gran ventisca.


Traducción Luz María García

lunes, 20 de abril de 2015

Noche bereber.





Djebel Sargho. Noche de Navidad.

Las mulas, con sus patas amarradas, remueven la polvareda y comen el grano con una apariencia de cirujano. Máscara sobre la nariz. Los Bereberes, con la cabeza envuelta en grandes telas, buscan los víveres y los cacharros dentro de las cargaderas  desmontadas del anca de las bestias. Son sombras que se deslizan, elásticas, en la obscuridad  y alegres se muestran de poder comer una vez que el sol se oculte, y  preparan  entonces la harira y los tajines. Hombro con hombro, en círculo, las rodillas dobladas, su mirada perfora la noche.  Las bolas blancas  marcadas por el kohl lanzan destellos. Bajo las estrellas, las bandejas de plata y las ollas de aluminio también brillan. Las lavan acurrucados delante de las vasijas,  economizando  cada gota de agua,  los recipientes  de plástico cuidadosamente cerrados.

El rebaño de cabras se acerca al igual que el miedo a las tinieblas. El Escorpión, fabuloso,  apunta su dardo desnudo, y se extiende cuan largo sobre el dosel del cielo.

Uno por uno, los hombres descorren la tela y penetran en la redondez  de la carpa.

Al calor del té, se recuperan lentamente. La tela los protege de esta desmesura que vibra allí afuera, de este horizonte sin fin, fascinante, agotador. Ella los pone al abrigo de sus elementos salvajes que arrebatan las sangres. El mundo alrededor de ellos se encoge ahora. Recupera su talla humana.

Las imágenes del día se revelan poco a poco en la retina: los picos rocosos, las gargantas montañosas,  las llanuras gigantescas aparecen al comienzo vagos, luego definidos, recorridos, reconocidos, dominados. Los músculos se distienden. La sequedad  resquebraja  las comisuras de los labios, el rabillo del ojo. La piel se vuelve de cuero.  Las aletas de la nariz, las mejillas se quiebran. Nuevos mapas de geografía se dibujan.

Se llena el estómago en silencio. Las manos van y vuelven a la boca, tranquilamente.

Sentada sobre los tapetes bordados, la mujer blanca escucha la tempestad que se anuncia  y las cabras que balan.

Las guirlandas eléctricas, los grandes pinos ataviados de bolas, los caramelos de chocolate, los frascos de foie gras, los regalos bellamente empacados, los sofás de terciopelo, las chimeneas encendidas, las familias que se abrazan bajo el muérdago han desaparecido de su memoria… la Nochebuena se  esfumó, como un espejismo apenas percibido, o agua tragada por la arena.

Habría podido nacer aquí el niño prodigio. En este desierto. Entre las mulas, las cabras y los Bereberes, sobre mantas de lana gruesa.

Pero es el desierto rocoso y su pueblo quienes ocuparon el lugar. Inmenso y humilde.



Traducción Amelia Añez

jueves, 2 de abril de 2015

Entre perro y lobo.


 

Entre perro y lobo, entre Gastón y  Gérard, deambulo entre los seres, camino, camino, camino…
¿Qué más puedo hacer? Las soledades no se encuentran.

Me trago cuatro novelas en dos días. Las palabras son flotadores que me ayudan a permanecer en la superficie, a pesar de que en ocasiones pierden su contenido. Y yo repito en mi mente la palabra muro hasta que ya no significa más, solo cuatro pequeños sonidos que yo artículo en mi boca.

Tránsito entre los seres, me froto a ellos pero ya no percibo su huella sobre mi cuerpo, ni su rastro sobre mi alma.
Me institucionalicé. Me fijo. Me convierto en un yo esclerotizado lleno de certezas y de resignación, de tolerancia y de rituales.

Veinte minutos. Desde hace veinte minutos, el aire entra y sale por mi nariz.

Sentada frente al computador, teclo notas laborales sin interés. Miro a la colega a mi lado y luego miro a la fotocopiadora y siento más afinidades, más cercanía con la fotocopiadora…  ella repite, yo repito, cuando se atasca el papel, ella tiene una pequeña alarma que suena con una lucecita naranja que titila.

Tititititi…

Mi lucecita se agita desde hace un largo tiempo, pero no hay un técnico a la vista. Yo me aíslo, ya no soy permeable como antes. 
Las decepciones se acumularon como se acumulan los granos en el rostro de alguien con acné. Cada día aparece un pequeño punto rojo, pequeños moretones. Entonces ya no paso frente al espejo. Me lavo los dientes con la mirada fija en los montones de ropa en el armario.

Por la noche, abrazo la almohada, retuerzo los dedos en la cola del gato y exploro las sábanas frías con la punta del pie…

 
Todavía hay un poco de camino por recorrer… todo puede ocurrir… todo puede pasar, esto no ha terminado… no ha terminado, está lejos de haber terminado, es sólo una pausa, una pausa a la que no estoy acostumbrada. Soy una persona de carácter tipo A… tiene que brincar pero la vida dice que no… como si ella quisiera darme una lección.

En fin aprendo mi lección de memoria cada noche. Cuento los lugares comunes como las perlas de un rosario.

Y luego devoro los libros. Me emborracho de palabras. Escucho su voz que llena todos los rincones de mi cabeza.
Busco la respuesta en cada novela. Y descubro otra.

Me tranquilizo cuando entro a la biblioteca. Miro los estantes repletos y suspiro… los encuentros todavía son posibles.
Cada carátula contiene un mundo que contiene mi salvación.
Termino una novela para abrir otra.

Pero es un diálogo de sordos el que se perfila. Yo los escucho, ellos no me escuchan. Nada que hacer: no se pusieron sus audífonos. Para que reciban a su vez mi palabra, renuncio a mi rol de funcionaria endurecida y escribo este borrador en una página de mi correo mientras miro la fotocopiadora.

Me auto-envío el mensaje. Otro grito tipo Munch.

La colega sentada a un metro ni se inmuta.


Yo no leía nada cuando era niña. Ni una línea. Si… el diccionario que me servía también de silla alta para sentarme a la mesa.
Y luego un día, una novela llegó a mis manos La espuma de los días. Con un lápiz, comencé a subrayar las frases que me gustaban. Cuando cerré el libro, todas las líneas o casi estaban marcadas. Tenía 13 años. El gran comienzo de mi bulimia. No tenía idea de la proporción que esto tomaría.

 
Tamborileo sobre el teclado al lado de mi gemela la fotocopiadora. La colega no pestañea frente a su pantalla. A penas un hola, apenas un hasta luego. No le digo nada más tampoco.

Entonces regreso a mi Kafka para ver si él me habla de su ser taciturno.

 

 

 

Entre chien et loup.v2.


 

Entre chien et loup, entre Gaston et Gérard, je vadrouille entre les êtres, je marche, marche, marche...

Que faire d'autre ? Les solitudes ne se rencontrent pas.
 
J'avale quatre romans en deux jours. Les mots sont autant de bouées qui m'aident à rester à la surface, même si parfois, ils se vident de leur contenu. Et je répète dans ma tête le mot mur jusqu'à ce qu’il ne signifie plus rien, seulement trois petits sons que j'articule dans ma bouche.

Je circule entre les êtres, je me frotte à eux mais je ne perçois plus leur empreinte sur mon corps, ni leur trace sur mon âme.

Je me suis institutionnalisée. Je me fige. Je deviens un moi sclérosé rempli de certitudes et de résignation, d'accoutumance et de rituels.

Vingt minutes. Depuis vingt minutes, l’air entre et sort par mes narines.

Assise devant l’ordinateur, je pianote des notes de service sans intérêt. Je regarde la collègue à mes côtés puis je regarde la photocopieuse et je me sens plus d'affinités, plus d'accointances avec la photocopieuse.....elle répète, je répète....quand elle fait un bourrage de papier, elle a une petite alarme qui sonne avec un voyant orange qui clignote.

Tititititi…

Ma petite lumière s'agite depuis longtemps déjà, mais pas de technicien en vue.

Je m'isole, je ne suis plus perméable comme auparavant.

Les déceptions se sont accumulées comme autant de furoncles sur le visage d'un acnéique. Chaque jour une nouvelle rougeur apparaît, petites meurtrissures.

Alors je ne passe plus devant le miroir. Je me lave les dents le regard fixé sur les piles de linge dans l'armoire.

La nuit, j'épouse l'oreiller, entortille les doigts dans la queue du chat, explore les draps froids avec le bout du pied…


Il y a encore un bout de chemin à parcourir...tout peut survenir.... tout peut arriver, ce n'est pas fini....pas fini, loin d’être fini, c'est juste une pause, pause à laquelle je ne suis pas habituée. Je suis une personne de caractère type A ...donc il faut que ça fuse mais la vie dit non.....comme si elle voulait me donner une leçon.

Enfin, j’apprends ma leçon par cœur chaque soir. J’égrène les lieux communs comme les perles d’un chapelet.

Et puis je dévore les livres. Je me saoule de mots. J’écoute leur voix qui remplit tous les recoins de ma tête.

Je cherche la réponse dans chaque roman. Et j’en découvre une autre.

Je me sens rassurée quand j’entre dans la bibliothèque. Je regarde les étagères bourrées à craquer et je soupire… des rencontres sont encore possibles.
 
Chaque couverture contient un monde qui contient mon salut.
Je termine un roman pour en ouvrir un autre.

Mais c’est un dialogue de sourds qui se profile. Je les entends, ils ne m’entendent pas. Rien à faire: ils n’ont pas mis leur sonotone. Pour qu’ils reçoivent à leur tour ma parole, je démissionne de mon rôle de fonctionnaire aguerrie et je brouillonne cette page sur ma messagerie en regardant la photocopieuse.

Je m’auto-envoie le message. Encore un cri à la Munch.

La collègue à un mètre ne bronche pas.

 
Je ne lisais rien lorsque j’étais enfant. Pas une ligne. Si...le dictionnaire qui me servait aussi de rehausseur pour m’installer à table.

Et puis un jour, un roman m’est arrivé entre les mains L’écume des jours. Avec un crayon à papier, j’ai commencé à souligner les phrases que j’aimais. Quand j’ai refermé le livre, toutes les lignes ou presque étaient marquées. J’avais 13 ans. Le grand début de ma boulimie. Aucune idée des proportions que cela allait prendre.

Je tambourine sur le clavier à côté de ma jumelle la photocopieuse.  La collègue ne scille pas devant son écran. A peine un bonjour, à peine un au revoir. Je n’en dis pas davantage d’ailleurs.

Alors je retourne à mon Kafka voir si lui me parle de sa taciturnerie.

 

miércoles, 1 de abril de 2015

Tan yo.



Tan yo, tan lejos de mí.

Decible, indecible, diré todo, no sabrán nada.

Hacer lo que quiero. Decir lo que quiero. Escribir lo que quiero como bailar en topless en una discoteca.  Un desbordamiento de libertad que da el vértigo a los que se acercan.

Amar estremecerse. Actuar bajo el impulso del momento y de la imagen.

Acariciar el peligro sin nunca mostrar el miedo.

Armarse de una espada y de un escudo incluso para dormirse.

Esperar una mirada o provocarla, ofrecer su cuerpo en agradecimiento por una sonrisa, maravillarse de la pepita ganada, y pues, abrir el cofre al final del año, hacer las cuentas, descubrir el oro convertido en plomo, perder mucho.

Querer comprometerse con un hombre, a todo costo, utilizando un calzador, mientras que detestar la rutina y las medias hombres/mujeres mezcladas en un mismo cajón.

No tener ninguna consistencia en la mitad de una apartamento vacío, y tomar forma en un café abarrotado.

Valor 0 para papá. Valor 100 para la mamá.

Soñar con una vida trepidante, siempre en la escalada, más y mejor que los otros, y al mismo tiempo tener envidia por la banalidad y la seguridad de la vecina: un marido, tres hijos, un futón, un perro, una cita en el pediatra por la varicela del hijo menor.

Reclamar la quietud inesperada, la paz devastadora, la tranquilidad sobre el estado de alerta.

Subirse hasta la almena y hacer flotar el estandarte de la contradicción.

Atraer a los hombres, tentarlos, mantenerlos calientes, ponerlos patas arriba, irritarlos, mimarlos, darles alergias, alabarlos, para después reducirlos mejor, herirlos para consolarlos, asquearlos de sí mismo  mientras se les cautiva y entonces finalmente entender que 1000 multiplicado por 0 es igual a 0, obviamente la cabeza de Toto, el casco raspado. No hay nada en el coco. Arrancar el borrador, hacer una bolita y tirarla a la basura. Retomar una hoja. Revisar su copia.

Vivir más, disfrutar más. Los nuevos mandatos del siglo me alienan. Entonces, caigo embelesada. Pies y manos amarrados, un día entero, desengrano las horas. Y ya no quiero ser la mujer del amigo Ricoré. Quiero ser un taburete de tres patas.

El texto descarrila. Está recostado sobre un lado, respira lentamente.

Escribir feo.

Un pasaje obligado.

Un pasaje de larga duración

Un pasaje no muy sabio

Perseguir pero fuero de la jaula

Saborear a la verdadera bruja

Sin nunca caer borracho.

Pesadilla. Las rimas pobres hacen la cola en la sopa popular. Sale humo de su boca en pleno invierno.

O bien, cambio de agujas. El texto se larga hacia otra dirección.

Nuestros cuerpos se entremezclan. Dominante, dominado en un ballet sangriento de pura envidia. Carne y huesos se sacuden. Rígida es la vida que nos atraviesa.

Somos indomables cuando la tiranía se ejerce y nos quedamos impotentes frente a la igualdad.

La muerte se dobla en cuatro para suspender el segundo y nos sorprende a contrapelo. Ella envía un mensaje de amor agudo a esos esqueletos  sublevados por los electrochoques.

Se nos ha invitado a un festín de los dioses pero susurramos frases más triviales que cagadas de mosca.  Decididamente no estamos dotados.  Se nos ha puesto a manera de cerebro una estupidez  de Kinder Sorpresa, chocolate que se pega en el paladar y un juguete de plástico. Somos muy orgullosos cuando nos lo regalan. Después, envejece muy mal, los stickers se despegan,  no hace más que atrapar polvo sobre la estantería.

En fin, seamos indulgentes. No le disparamos a la ambulancia. Ya tiene las ruedas pinchadas, una sirena asmática y le robaron los retrovisores la semana pasada.

Tan yo, tan lejos de mí.  Diré todo, no sabrán nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 30 de marzo de 2015

Un puesto de mesa en Barcelona.


 



Bar Rec Comtal, no lejos de la estación de metro Arc de Triomf. Barrio El Born. Mes de julio.
Azulejos hasta el techo. Dos máquinas de monedas a la entrada, una de ellas expendedora de cigarrillos. Un aparador en el fondo con columnas torneadas. Una vitrina con copas, un pequeño barril, garrafas de cristal azul, mesas rectangulares de madera, sillas con espalda redondeada. Una barra de zinc.

Detrás de la barra, el jefe, barrigón, de pelo escaso y un bigote gris tupido en forma de arco sobre la boca. Para su madre todo el amor, las otras mujeres vienen después. Justamente, una pena de amor reciente le ha dejado un sabor amargo respecto de los tiempos actuales. Escúchame, hay cosas que no se hacen y punto. Después de veinte y seis años de matrimonio, tratarme así... poner mis maletas en la puerta.

El mesero tiene apariencia de espárrago. Pasa por entre las mesas y seca las sillas a golpe de limpión no muy convincente, algunas palabras quedan atrapadas entre sus dientes cariados, la camiseta manchada de salsa de tomate.

Dos pintores de brocha gorda,
trepados en sus altos taburetes al lado de la caja registradora, cuentan historias libidinosas de doble sentido y ríen a carcajadas. Los Jeans salpicados de estuco, los bíceps apretados en las mangas de las camisas, el paquete de Ducados machacado por el puño que lo cierra. Intercambian miradas cómplices. Siguen los movimientos de la faldita de una joven madre que pone el parasol del coche, acomoda al bebé y ajusta la correa de su sandalia, en la acera de enfrente.


Contra el aparador, un anciano fuma su pipa, el pelo amarillo engominado hacia atrás, la camisa de círculos naranja, estilo años 70, el bastón a su derecha, el periódico la Vanguardia puesto frente a él. Los cristales de culo de botella de sus gafas le hacen unos ojos diminutos de comadreja. Al leer, sigue las líneas con el dedo, como su profesora se lo enseñara.

Al fondo del bar, un par de ojos de muchacho malo podrían disparar a todo aquello que se mueva, si así lo quisiera su corazón, pero hoy no soltará el “pitbull”.  Suspiramos. En la piel del pequeño maleante, ya no hay más espacio, su vida hecha tatuajes ha llenado hasta el más mínimo milímetro cuadrado. Como un toro, un anillo traspasa sus fosas nasales. Para hacerle obedecer. Una gatita debe darse a la tarea ciertas noches. Sobre su melena hirsuta, lleva puesto un Panamá, sombrero incongruente que contrasta con el resto de la silueta. El significado escapa. Tal vez quiere insinuar que un aire de caballero habita en él.
Pegada a la vitrina, una abuelita, menuda, muy menuda por cuenta de los años, mordisquea un churro empapado del chocolate en el que lo ha estado sumergiendo. No ve nada más que la punta del bizcocho. Ensimismamiento. El momento más dulce del día requiere concentración. Todo en ella es de color rosa, sus mejillas, su chaleco, sus medias, sus zapatos de suela de goma. Sin embargo, su pelo es de color azul. Pertenece a la nueva tendencia punk elegante, sin saberlo.

La mesa del centro está ocupado por la persona más extraña de este cuadro, la turista francesa. Sacudida al vaivén de la corriente que se cuela por entre el laberinto de callejones, vino a encallar aquí. Libremente. Revuelve el café con su mano derecha, mientras que con la izquierda escribe sobre el individual de papel, manchado con la grasa de su comida. Estofado de cordero y crema de natilla. Escribe aquello que sus ojos no han dejado de observar, un planeta, todo un planeta que desfila ante ella y que ella absorbe. Piensa que el momento de la gran regurgitación llegará. Un día, será ella quien dé de leer a los demás.

El jefe se acerca curioso, tímido adolescente. Usted escribe un poema? Uh, no, un texto, en fín, eso me gustaría, eso creo –la vergüenza la hace ruborizar– no lo sé, es el lugar que me gusta, el punto de encuentro, la confluencia, la gente. Pero ya se rinde porque ve que el papel se reduce. Ella tiene por costumbre llenar una hoja y parar allí donde el papel acaba. Continuar sobre otro individual, podría ser, bastaría con pedir uno, pero no. Una página. No podría hacer mejor. Cuidado! Unas palabras más y la historia va a concluir. La superficie disminuye, la descripción termina. El viejo saca la lengua, ajusta sus gafas,
fija la mirada en el suelo.
...
¿Quieres otro mantel? El jefe que pasa por allí, atraviesa frente a sus narices otro individual limpio, lo pone en su mesa antes de que ella tenga tiempo de responder. Acompaña la escritura con un pequeño vaso de "un no sé qué", cuyo nombre no ha entendido. Romántico. Él piensa que los escritores se inspiran con el alcohol. El asa del vaso está en la parte inferior, pero el líquido llega hasta la cima. Conmovido por esta pequeña mujer, poco común, él ordena. ¡Continúa! La francesa no tiene otra opción. Hijueputa! Un nuevo espacio virgen se abre. La historia no se detiene como ella pensaba. Está allí, comenzando de nuevo a escribir.
Un sorbo provoca un pequeño círculo sobre el individual de papel. Otro pequeño sorbo y un segundo círculo se traza. Diríamos un par de gafas dibujadas en el individual. Añade dos puntitos para hacer los ojos. El licor huele a hierbas de la garriga de la Collserola, allá detrás de la montaña de Tibidabo. La atmósfera se calma. Van a ser las 4 de la tarde. Los últimos menús del día ya se acabaron. Los estómagos llenos se fueron a roncar. No quedan allí que la insólita francesa y dos viejitos, sentados uno a espaldas del otro, torciéndose el cuello para discutir.
 
La hermana del patrón, vestida con una blusa azul de cuadros, barre el
lugar. Pronto pasará el trapero que ellos llaman la “escoba española”.  Aquel
que parece una gran araña que frota el suelo con sus grandes patas de tiras
de franela.  Esa última no limpia nada. Revuelve la mugre  y la acumula en
las esquinas, pero a nadie le importa, eso refresca. La mujer reniega
porque, a pesar de todo, es ella la que siempre llena el distribuidor de
cigarrillos.  Sí, pero veamos, hay cosas más difíciles en la vida, deja de
quejarte, dice su hermano, ahogando su pena sin poder disimularlo.  Lo que
pasa es que las mujeres quieren la vida de los hombres y nosotros, no
queremos la vida de las mujeres. Entonces, ¿qué vamos a hacer? A este paso,
todos vamos a volvernos homosexuales, pero yo, ya sabes, no quiero un
hombre en mi cama. Me gustan las mujeres, son divinas.

En la barra, un recién llegado, el paki. Traje de marinero y cara de
inmigrante que enamora. Piel color canela. Pelo negro, ojos muy negros, dientes
muy blancos. Toma con el pitillo sorbos de Coca-Cola, única bebida que une
a todos los pueblos.
Viene del locutorio, justo en la puerta contigua.  Desde allí uno se
comunica con el planeta entero. Todos hacen fila para hablar con su madre,
su hermano, su amigo de toda la vida que se quedó en el país. Encrucijada
de un nuevo estilo. Todos los idiomas se entremezclan. Es la Babilonia de
los tiempos modernos. Pero ni la Torre de Babel, ni las torres gemelas, ni
el más alto lugar de las finanzas, van a colapsar. Nadie saltará desde sus
ventanas. Es la planta baja.
Aquí, no hay lugar para el orgullo. Las cabinas están enfiladas,
estrechas, unas muy juntas al lado de las otras
. A cada uno su pequeña cabina y a
cada uno su gran emoción. Tener por fin, al otro lado del teléfono,  a la
persona que nos hace falta. Modestia y fraternidad.

Ya no tengo más espacio en el individual de papel.
 

 
Traducción Adriana Bernal.

domingo, 15 de marzo de 2015

Funérailles.v2.


 

Je vais vous raconter une anecdote qui décrit bien le personnage. Et vous avez le droit de rire, c’est pas interdit. Même si, aujourd’hui, vous êtes tous habillés comme des corbeaux.


Alors, les protagonistes sont : une petite fille de dix ans, un grand frère, et leur maman.

L’année : 1982.

Le lieu : un appartement, dixième étage dans une tour appelée Bagatelle, à Dijon,  au-dessus de la gare, les trains font un barouf d’enfer l’été quand les fenêtres sont ouvertes, on respire la créosote et on entend crier les martinets.

Dialogues en famille.

La petite fille, affalée sur le dictionnaire Larousse: Dis, c’est grand comment la tour Eiffel ?

Le frère : Ch’ai pas. Trois cents mètres, à la louche.

La petite fille : Mouais…mais c’est grand comme combien de tour Bagatelle ?

Le frère : Ben c’est beaucoup plus grand.

La petite fille qui insiste : Ouais mais combien ? Deux fois, trois fois. Combien ? Dis-moi!!

La mère est face à l’évier. Elle fait la vaisselle.

Le frère : Ch’ai pas moi, comme six fois, sept fois…

La petite fille : Et l’Arc de Triomphe ?

Le frère continue de souder ses trucs électroniques: Pffff...T'es vraiment casse-couilles, toi!

La petite fille : Et la colonne Vendôme ?

Le frère s’énerve: Euh…Cherche dans ton dico !

La petite fille : Et le génie de la Bastille ? Et le Sacré Cœur ? C’est grand comment ? Maman, C’est grand comment ?

La mère, elle n’entend rien, elle fait du bruit avec ses casseroles.

Et les questions défilent, défilent. A la vitesse d’un cerveau d’enfant…

Le frère : T’as jamais vu Paris, toi ?

La petite fille, exaspérée, les yeux au ciel : Ben non. Ou alors dans une vie antérieure, quand j’étais Marie Antoinette. Pfff.


La mère donne des croquettes aux chats. Il est dix heures du soir et c’est samedi.

Le frère : Prépare ton sac. On y va.

La petite fille : Sac de quoi? On  va où?

Le frère : Ouais, on y va. Direction Panam.

Les yeux de la petite fille s’écarquillent et elle ouvre une bouche grande comme un four.


300km, c'est la porte à côté ! La mère remet des croquettes dans l’assiette des chats et ils montent illico dans la Golf Gti, orange et toute pourrie. Les portières ferment avec des tendeurs. Les phares mal réglés éclairent à peine la nationale. Une demi-heure plus tard, ils tombent en panne. La Golf hoquète et se traîne à trente à l’heure. Elle crache des flammes par le pot d’échappement. Et de l’huile aussi. Les voitures qui suivent en prennent plein la poire. Les chauffeurs doivent mettre leurs essuie-glaces. Finalement, ils doublent. Tous les cinquante kilomètres, il faut s’arrêter et remettre un bidon d’huile pour que le moteur n’explose pas. La mère fait des chèques en bois dans chaque station-service. C’est fin juin donc fin de mois donc pas une thune. Ils mettent des plombes pour arriver à destination.

Pour une petite fille de dix ans et pour un premier voyage, des plombes, c’est vraiment très long. Une nuit blanche interminable.

Une fois arrivés, avec un café dans l’estomac, ils sillonnent la capitale de long en large: la tour Eiffel, la colonne Vendôme, le Moulin rouge, le Sacré Cœur…

Ils font le tour de l’Etoile cinq fois avec la Golf orange et toute pourrie. On dirait qu’elle roule sur deux roues tellement elle penche dans le virage. C’est chouette !

En courant, ils montent et descendent les Champs-Élysées. La petite fille, pendue à la main de son frère, vole derrière lui comme un fanion accroché à un vélo.

Il a des grandes jambes et elle, des toutes petites. La mère se plaint. Elle a mal à ses oignons. La petite fille prend toutes les mesures possibles : combien de tour Bagatelle l’Arc de Triomphe, combien de tour Bagatelle la tour Montparnasse…

Et puis, ils prennent le métro. Ils montent en première classe avec des billets de seconde. Ils se prennent une amende. La mère  gueule, parce que quand même. Et elle fait un chèque en bois. Un de plus, un de moins.

Sur le chemin du retour, ils  passent voir les avions à Orly. Y a même le Concorde. Celui qui traverse l’Atlantique. Avec son nez tout pointu. Celui qu’on voit d’habitude à la télé chez Mourousi.

Ils rentrent à la tour Bagatelle avec la golf Gti, orange et toute pourrie, qui finalement a tenu le coup. Ils mettent encore des heures.

La petite fille va directement à l’école sans passer par son lit. Ils la déposent devant la grille avec son cartable et ses yeux plein de sommeil et de merveilles. Ça rime mais c’est pas fait exprès. C'est la vérité.

Ce jour-là, en classe, c’est expression écrite. Elle rédige un texte ou plutôt un traité scientifique intitulé, je vous le donne en mille, « Mesure des monuments de Paris en unité tour Bagatelle. »

La mère, elle retourne à ses gamelles. Tampon Jex et Solivaisselle.

Et lui, il retourne à ses bidouillages.

La petite fille, aujourd’hui, c’est elle qui donne des rédac aux élèves. Mais pas trop souvent parce que c’est chiant à corriger.

La petite fille, aujourd’hui, elle habite de l’autre côté de la mer.

Elle prend des avions comme on monte dans les Golf Gti. Orange et toute pourrie. Elle a le goût de l’aventure et des ailleurs.

Y en a qui disent : c’est bizarre. On ne sait pas d’où ça vient. On ne sait pas d’où ça sort.

La mère, elle est partie récurer les casseroles de Saint Pierre, il y a bien longtemps déjà.

Et lui ? Me direz-vous. Avec un joli point d’interrogation en queue d’écureuil.

Eh bien, il est là, étendu entre quatre planches, devant vous.

Devant moi.


Hommage.

Je te salue grand frère !
Que les flammes te soient douces, que la terre te soit légère,
Et bon voyage !




Version originale 25/05/2006.
Version blog 1, novembre 2012.