miércoles, 16 de marzo de 2016

Hechizo del 31.v2.


 
En Ushuaia
el aire glacial
marca la frente
con su barra de hierro
treinta y uno de diciembre
cinco plumas de pingüino
AruakaChac  KachaRuaka.

 
Con su presencia afilada
al sur del mundo
los hombres fríos
marcan el corazón
tres dientes de lobo de mar
sol que apenas duerme
ChamaKualac  KutanFala.

 
Calendario agotado
siete pétalos de lupino
el calor humano
palpita rojo
en un trozo de hielo
fin de las tierras extremas
AkachaRuak  ChakaManaha.

 
¡Que la Revolución Interior
se cumpla ya!

 
Instrucciones:

Confeccionar un muñeco de tela.
Escribir encima con marcador permanente los engaños, patinazos y berrinches que se padecieron durante el año pasado.
Quemar el 31 de diciembre, a medianoche, el muñeco de las desilusiones mientras se recita el hechizo doce veces.
Esparcir las cenizas al viento.

 
Advertencia:

Este hechizo no está recomendado para un aprendiz de bruja. En efecto, puede generar serios efectos secundarios hasta secuelas definitivas.  Se comprobó, en particular, en algunos sujetos  un vuelco de la personalidad o síndrome de la piel de conejo volteada. El interior de la persona padecida queda propulsado al exterior e inversamente. Los familiares sienten, en la mayoría de los casos, estupor y rechazo con respecto al enfermo.  

Versión original, 31 de diciembre de 2014.
Versión blog 1, 16 de enero de 2015.
Versión blog 2, 16 de marzo de 2016.

Traducción Luz María García.

Sala de espera.2.


 
Pasar la mitad de su vida a prepararse.

Plancharse el pelo. Depilarse las chuletas. Desodorizarse las axilas. Empolvarse la nariz. Maquillarse los ojos. Perfumarse a la derecha y a la izquierda. Chupar una menta para el aliento. Ponerse tenis para hacer creer que nos vestimos en dos minutos. Adoptar una actitud cool mientras temblamos mirando el reloj. Un vistazo rápido en el espejo. Reajustar su tanga. ¿Se notan las marcas? La menstruación, ¿cuándo es? Contar los días en el calendario. Es para pronto. El pantalón blanco, quizás no es una buena idea. Pero no hay tiempo para cambiarse. Elegir la mejor pinta en el armario, la coordinación de tono sobre tono, es demasiado complicado... Entonces fumar un cigarrillo para ocuparse las manos. Y la boca.

Pasar la otra mitad de su vida a esperar.

Sentarse en el sofá sin moverse por temor de hacer huir la suerte o de hacer correr la pestañina. Acechar la estimulación…dring…saborear la secreción de epinefrina. Saltar fuera de la caja como un diablo de resorte. Agarrar la chaqueta, el bolso. Llaves en la cerradura. Escalera. Corazón que late. Sentirse viva. Puerta de carro que cierra de golpe.



Tres cuadras después.
Mala noticia. Mientras está manejando, él le explica que la acompañará a la reunión, pero después, tendrá mejor cosa que hacer, es decir, que tendrá mejor otra que follar. El timbrazo con apariencia de trompetas de Fama que ella esperó toda la noche suena ahora como una campana de muerte estremeciendo en pleno invierno.
El castillo de naipes se derrumba. La amargura viene a pasos agigantados. Hijueputa. ¿Qué está haciendo aquí? Acaba de ser depuesta de sus funciones de plan A. El capitalismo salvaje regula el libre cambio del comercio amoroso. Quisiera gritar pero su dignidad, incluso una vez hecho pedazos, no se lo permite.

En la sala, entre los pseudo-amigos, miramos las fotos de la última caminata. La gente bromea a su alrededor. Copa en la mano, ella sonríe por deber de sincronía. El buen humor del grupo se mezcla con su propio resentimiento y le da una indigestión. Como si se hubiera tragado un gran plato de mejillones a la marinera regados con zumo de naranja.

-¿Me prestan los baños, por favor, gracias? (1)

Sentada sobre el inodoro, ella llama las amigas. Encontrar un plan de emergencia.

-Hola, sí, ¿dónde están? No se muevan, nos vemos en media hora.

Despedirse de todas esas personas que estorban.

-Chao, chao, chao, genial, fue genial, sí, claro que sí, muchas gracias, nos vemos la otra semana, fantástico, hasta luego, chao. (1)

Y luego, en el hall, un hombre se acerca y lanza una frase inesperada, una frase en forma de salvavidas.
-¿Vamos a comer algo en el centro?
-¡Si, yo quiero todo lo que tú quieres! Me presentaré siempre como un artículo de consumo para que no tengas acceso a lo que soy.
-No te preocupes. No serás nada más que un número en la memoria de mi teléfono.
Volver a llamar a las amigas lo más pronto posible para abandonarlas mejor.
Al amanecer, sabanas arrugadas, todo esto terminará mal. Macho. (2)

…………………………………………………………………………………………..
Mujeres intercambiables. Hombres intercambiables. Superpoblación de yo y de tu. Desertificación afectiva. Erosión de los sentimientos.

Colmar sus propias deficiencias con las deficiencias ajenas.
Llenar el vacío con vacío.
Una bonita serie de batacazos en perspectiva.



¡SILENCIO!
El silencio no trae nada.
¿Usted está seguro?

 
(1) en español en el texto en francés.
(2) mal y macho son homófonos en francés.
 

Versión original, 21 de enero de 2006.
Versión blog 1, 26 de septiembre de 2012.
Versión blog 2, 5 de marzo de 2016.

 

 

 

Salle d’attente.2.v2.



Passer la moitié de sa vie à se préparer.

 
Se lisser les cheveux. S’épiler les escalopes. Se déodoriser les aisselles. Se poudrer le nez. Se farder les yeux. Se parfumer à droite et à gauche. Sucer un petit bonbon à la menthe pour l’haleine. Mettre des baskets pour faire croire qu’on s’est habillée en deux minutes. Adopter une attitude cool alors qu’on tremble en regardant sa montre. Encore un petit coup d’œil dans le miroir. Réajuster son string. Est-ce qu’on voit les marques ? Les règles, c’est pour quand déjà ? Compter les jours sur le calendrier. C’est pour bientôt. Le pantalon blanc, ce n’est peut-être pas une bonne idée. Mais on n’a plus le temps de se changer. Choisir dans l’armoire la meilleure tenue, coordonner les tons sur tons, c’est trop compliqué…Alors fumer une cigarette pour s’occuper les mains. Et la bouche.

 
Passer l’autre moitié de sa vie à attendre.

 
S’asseoir sur le canapé sans bouger de peur de faire fuir la chance ou de faire couler le mascara. Guetter la stimulation… … dring… savourer la sécrétion d’épinéphrine. Sauter hors de la boîte comme un diable à ressort. Attraper la veste, le sac. Clefs dans la serrure. Escalier. Cœur qui bat. Se sentir vivante. Portière de voiture qui claque.

 
Trois rues plus loin.
Mauvaise nouvelle. Tout en conduisant, il lui explique qu’il l’accompagnera à cette réunion mais qu’ensuite, il aura mieux à faire c’est-à-dire qu’il aura mieux à baiser.

Le coup de sonnette aux allures de trompettes de la renommée qu’elle a attendue toute la soirée retentit maintenant comme un glas frémissant en plein hiver.
Le château de cartes s’effondre. L’amertume arrive à pas de géants. Putain. Qu’est-ce qu’elle fout là ? Elle vient d’être déchue de ses fonctions de plan A. Le capitalisme sauvage règle le libre-échange du commerce amoureux. Elle voudrait hurler mais sa dignité, même une fois mise en lambeaux, ne lui permet pas.

Dans le salon, entre pseudo-amis, on regarde les photos de la dernière randonnée. Les gens plaisantent autour d’elle. Son verre à la main, elle sourit par devoir de synchronie. La bonne humeur du groupe se mêle à son propre ressentiment et lui donne une indigestion. Comme si elle avait avalé une plâtrée de moules marinières arrosées de jus d’orange.

-¿Me prestan los baños, por favor, gracias?

Assise sur la cuvette des toilettes, elle appelle les copines. Trouver un plan d’urgence.

-Allo, oui, vous êtes où ? Ne bougez pas, je vous retrouve dans une demi-heure.

Dire au revoir à toutes ces personnes qui encombrent.

-Chao, chao, chao, genial, fue genial, sí, claro que sí, muchas gracias, nos vemos la otra semana, fantástico, hasta luego, chao.

Et puis, dans le hall, un homme s’approche et lance une phrase inespérée, une phrase en forme de bouée de sauvetage.

-Tu aimerais qu’on aille manger quelque chose dans le centre ?
-Oui, je veux tout ce que tu veux! Je me présenterai toujours à toi comme un objet de consommation pour que tu n’aies pas accès à ce que je suis.
-Ne t’inquiète pas. Tu ne seras jamais rien d’autre qu’un numéro dans la mémoire de mon téléphone.

Rappeler au plus vite les copines pour mieux les laisser tomber.

Au petit matin, draps froissés, tout cela finira mal. Mâle.

…………………………………………………………………………………………..

Des femmes interchangeables. Des hommes interchangeables. Surpopulation de je et de tu. Désertification affective. Érosion des sentiments.

Combler ses propres manques avec les manques d’autrui.
Remplir du vide avec du vide.
Une jolie série de casse-gueule en perspective.

 
SILENCE !
Le silence n’apporte rien.
En êtes-vous sûr ?

 

 

Version originale, 21 janvier 2006.
Version blog 1, 26 septembre 2012.
Version blog 2, 5 mars 2016.

 

viernes, 4 de marzo de 2016

Sala de espera.1.


 
Ella pone su aromática en el microondas, dos minutos, y fija la cuenta atrás.
La pantalla indica un minuto veinte y seis.
Treinta y cuatro segundos han pasado.
¿Ya? o ¿Solamente?
Momentico de soledad cotidiano.
Son las 7:47.
Una larga lista de quehaceres. Sí, por supuesto, como siempre. Pero todo se complica.
A granel, sobre el sofá, los anuncios de apartamentos por visitar, las facturas por pagar, los formularios por diligenciar, las novelas por leer, las películas por ver.
Náuseas.
La loza por lavar, los armarios por ordenar.
Vértigos.
La manzanilla infunde más temprano de lo habitual.
Un cigarrillo más, un poco de tiempo a perder.
Dejar pasar.
Los pequeños imperativos se sustituyen a los grandes.
Sensación de eficacia.
Relleno del vacío y desagüe de los desbordamientos.
Poner las colillas a la basura. Ir a hacer chichi. Encender y apagar las luces. Mover una silla. Tender la sabana sobre la cama. Abrir y cerrar la ventana. Escuchar los mensajes de voz. Verificar su bolso para el día siguiente. Amontonar cosas. Recoger las medias tiradas por ahí, ponerlas en el canasto de la ropa sucia. Cambiar de disco.

Luego esperar. Esperar a que la manzanilla haga efecto. Volver al baño a hacer chichi. Colocar la taza en el lavaplatos. Cepillarse los dientes. Decidir finalmente acostarse. Ajustar el desespertador. Luego ajustar el segundo desespertador. Ponerse bálsamo sobre los labios. Ponerse bálsamo sobre el corazón, es más difícil. Golpear la almohada de izquierda para que sea más suave. Dejar la almohada de derecha libre por si acaso el Ausente se presentara.
Taparse los ojos con la máscara.
Apretar contra su pecho un oso rojo.
Acurrucarse contra la pared protección anti-monstruos.
Buenas noches.
Hasta mañana.
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Veinte minutos.
Botar las cobijas en el piso de una sola patada. Levantarse. Otra vez fumar un cigarrillo. Otra vez cepillarse los dientes. Y otra vez las manos. Otra vez averiguar los desespertadores. Otra vez acomodar las sábanas. Otra vez cerrar los ojos.
Otra vez hasta mañana.

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Ritual de una sala de espera en forma de apartamento. Paciencia.
Quizás por la mañana se hayan movido las montañas…
Quizás los ríos fluyan en sentido inverso…
Quizás las tórtolas sean azules y los poetas escuchados…

Quizás llueva sapos-príncipes
Un milagro. De la vida, ella espera siempre un milagro.

Por el amor de las niñas princesas, por favor, dígale que sí. Dígale que todos sus deseos se van a cumplir. Por favor, dígale.

Súplica de pequeña noche, buena noche... Son las 9:03.


Versión original, 18 de enero de 2006.
Versión blog 1, 26 de septiembre de 2012.
Versión  blog 2, 3 de marzo de 2016.

Salle d’attente.1.v2.



Elle met son infusion aux micro-ondes, deux minutes, et fixe le décompte.
L’écran affiche une minute vingt-six.
Trente-quatre secondes se sont écoulées.
Déjà ? Ou seulement ?
Petit moment de solitude au quotidien.
Il est 7h47.
Une grande liste de choses à faire. Oui, bien sûr, comme toujours. Mais tout se complique.
En vrac, sur le sofa, les annonces d’appartement à visiter, les factures à payer, les formulaires à remplir, les romans à lire, les films à voir.
Nausées.
La vaisselle à laver, les armoires à ranger.
Vertiges.
La camomille infuse un peu plus tôt que d’habitude.
Une cigarette de plus, un peu de temps à griller.
Laisser passer.
Les petits impératifs remplacent les grands.
Impression d’efficacité.
Remplissage du vide et vidange des trop-pleins.
Mettre les mégots à la poubelle. Aller faire pipi. Allumer et éteindre les lumières. Bouger une chaise. Tendre le drap sur le lit. Ouvrir et fermer la fenêtre. Ecouter les messages du répondeur. Vérifier son sac pour le lendemain. Faire un tas avec des choses. Ramasser des chaussettes qui traînent, les mettre dans la panière à linge sale. Changer de disque.

Et puis attendre. Attendre que la camomille fasse son effet. Retourner aux toilettes faire pipi. Mettre la tasse dans l’évier. Se laver les dents. Décider enfin d’aller se coucher. Régler le réveil. Puis régler le second réveil. Se passer du baume sur les lèvres. Se passer du baume sur le cœur, c'est plus difficile. Frapper l’oreiller de gauche pour le rendre plus moelleux. Laisser l’oreiller de droite libre, au cas où l’Absent se présente.
Masquer ses yeux.
Serrer contre sa poitrine un ours rouge.
Se blottir contre le mur, protecteur anti-monstres.
Bonne nuit.
A demain.

……………………................................................................................................

Vingt minutes.
Jeter les couvertures au bas du lit d’un seul coup de pied. Se relever. Fumer encore une cigarette. Se laver encore les dents. Et puis encore les mains. Vérifier encore les réveils. Accommoder encore les draps. Fermer encore les yeux.
A redemain.

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Rituel d’une salle d’attente en forme d’appartement. Patience.
Peut-être qu’au matin les montagnes auront changé de place…
Peut-être que les rivières couleront en sens inverse…
Peut-être que les tourterelles seront bleues et les poètes entendus…
Peut-être qu’il pleuvra des crapauds-princes…

Un miracle. De la vie, elle attend toujours un miracle.

Pour l’amour des enfants princesses, s’il vous plaît, dites-lui que oui. Dites-lui que tous ses souhaits seront exaucés. S’il vous plaît, dites-lui.

 
Supplique du petit soir, bonsoir…Il est 9h03.

 

Version originale, 18 janvier 2006.
Version blog 1, 26 septembre 2012.
Version blog 2, 3 mars 2016.

martes, 23 de febrero de 2016

Crónica de una depresión.



Otro domingo por la mañana, pegastickada en el fondo de la cama. Miro los libros de bolsillos puestos en la mesita de noche. El “pero ¿de qué sirve?” me está invadiendo. Ningún deseo se presenta o, más bien surgen miles pero ninguno me levanta. Me volteo lado cara, hago lo imposible para asirme del sueño que acaba de atravesarme. Medio borrado, medio impreso. Me volteo lado sello, agarro la almohada, deslizo mis brazos por debajo. El mecanismo se activa y las imágenes regresan gradualmente. Violentas. Doy golpes a tres mujeres en saris. Sus caras son preciosas. La seda es suave. Mis puños descuelgan las mandíbulas, aplastan los ojos. Mis manos arrancan el pelo a mechones, golpean las cabezas contra el suelo. Por fin, la sangre sale a chorros para liberarme. Unos pocos segundos de tregua.
Pero intransigente, exigente, repugnante, el odio me sumerge de nuevo. Entonces pisoteo sus cuerpos tendidos en el suelo. La destrucción, porque siempre será incompleta, no me sacia.

Con la punta del pie, busco, en las sabanas, los rincones de la cama que se mantuvieron fríos. Doy un beso al oso rojo que duerme en mi pijama. Entrecierro los ojos para ver el mundo a través de la barrera de mis pestañas.
Tres horas a bullir en las cuatro esquinas de la cama como un gusano de harina. Exploro mis emociones innecesariamente. Todo es insípido.

Acción decisión. Paso en posición sentado y pongo en marcha el autómata. Un pie delante del otro hacia la cocina. Las cerámicas de las paredes son más blancas de lo habitual. Como mis huevos que saben a icopor. Estoy a punto de volver a acostarme. Me gustaría tomar el aire, sino que estoy detenida en el acuario.

El cielo es de otoño. Me doy una excusa. Recobro el aliento y vuelvo a orinar por la quinta vez. Las descargas se multiplican y dan ritmo al vaivén de las angustias. Los trastornos de las profundidades aparecen a la superficie.

Una persona de carne y hueso, posiblemente, podría arrancarme a mi torpor, pero ¿Quién llegará? ...Nadie. Estoy en la categoría: sin destino. Debo someterme a la clasificación. Mis brazos, más pesado que el plomo, me ordenan que me sentara. Fumo y el mundo se disloca más. Todo se convierte en cartón-piedra incluyendo mi propio cuerpo. Miro mi embalado. Vivo en su interior, me codeo con él cada día y sin embargo me parece extranjero, impenetrable.
Me quedo allí dos horas más sin moverme. Nada me sustrae a la melancolía.

Decisión Acción. Entro en la ducha. Espero que el agua cumpla un milagro. Percibo decenas de pequeñas manos que me enjabonan. Dulzura  de una inmensa caricia. Me ausento un momento. La sensación desaparece. Amargura de la pérdida.

Decisión acción. Correr detrás del tren en marcha, tomar las cosas en el camino, celebrar la velocidad. Me visto en diez minutos y salgo en un estruendo de portazos y chapas. La realidad quizás va a vislumbrar y señalarme la dirección correcta.
Las calles están desiertas, sucias, incomprensibles.
La fealdad de la ciudad me salta a la garganta. Camino una y otra vez para tratar de crear una maniobra de diversión. La sangre se calienta y comienzo a sudar. Espero llegar a ser lo que sé de mí mismo. Nada ayuda. Me desdoblo. Temo por mí mismo y prefiero correr de vuelta al apartamento. ¡Ojalá nadie me vea, ojalá nadie se entere!

Me enrollo en las mantas, el sillón de espalda a la montaña. Prefiero no mirar por la ventana. El exterior me grita que la vida es bella y que tengo que gozarla. Me hago culpable de ser frígida.

El miedo a morir timbra a la puerta. Un soplo helado baja sobre mi cráneo, desliza detrás de las orejas, recorre la nuca. El ascensor cae al fondo de la fosa, el carro sale de la carretera, el avión pierde mil metros. Las tripas saltan al techo antes el impacto. Pero este instante tan corto en una situación real, se estira como chicle y dura horas enteras con una intensidad variable. 5.5, 4.2, 3.7, 9.2 y así sucesivamente.
Mi cuerpo está congelado y luego asado en el aceite de un sartén, inmerso en el ácido, encerrado en una bolsa de vacío.
Mis sentidos, ahora hiperactivos, no pueden seguir. Todo se desboca.


Reacciono y me levanto de un salto. Decisión acción. Hacer. Hay que hacer.
Ordeno mi ropa, la aliso, la doblo, la despliego, la vuelvo a plegar, hago pilas. Me tranquilizo cinco minutos. Mi interior encuentra un poco de serenidad. Y luego al abrir un cajón, el desdoblamiento resurge: la ropa no es mía. Siento que estoy vaciando el armario de un muerto después de su entierro.


Me sacudo, me resoplo, rechazo las ideas que me ennegrecen y fijo el reloj. No sé lo que espero. Me anieblo una vez más.

La noche cae como un alivio. Tengo el derecho de volver a acostarme. Desaparecer hasta mañana.
Pero la autoflagelación asoma las narices. La norma no permite dormirse a las seis de la tarde.
Vuelvo a vaciar mi vejiga. Poco menos de lastre. Demasiado poco de lastre. Despego, entro en pánico a la idea de convertirme en gas, de dilatarme. Me ensaño en recuperar mis moléculas que se están largando.
Sofoco un poco. Me pellizco los brazos para que el dolor me dé forma, para que yo pueda definir mis contornos.
Los agujeros de aire me dan arcadas. Me reclino, me siento, me reclino, sobresalto, paso la escoba y vacío la basura.
La tortura fantasma pasa y vuelve a pasar. Nada se mueve en el apartamento.
Lavo los platos y remuevo y remuevo las ollas unas contra las otras en el closet. Hacer ruido, acompañarse de ruido.


Me siento en el sofá, el sofá una y otra vez, como un imán. El sofá otra vez y siempre, el sofá como un amante demasiado pegajoso. Fumo otro cigarrillo, este me da náuseas. El estómago se revuelve un poco, nada más.


Decisión acción. Llamo por teléfono a un amigo. Conversación banal que anima y redondea durante diez minutos las paredes de la sala. Las palabras comunes y corrientes resuenan y ofrecen un refugio, una pausa algodonosa.
Cuelgo.
Silencio.
Colapso.

Logré resistir hasta las diez. La norma ahora me autoriza a acostarme.
Desde mi almohada, descifro los títulos de las novelas puestas sobre la mesita de noche. Estiro el brazo, abandona, encuentro el coraje. Abro el primer libro que cayó en mis manos.
Leo sin entender el curso de las palabras. No tienen más sabor que los huevos de icopor de esta mañana. Indistintos.
Apago la luz. Con la oscuridad, un abismo se abre debajo de mí. Finjo ignorarlo como si fuera una persona que uno no quiere ver. Me estremezco un poco y, boca abajo, aprieto con fuerza mis puños en los bordes del colchón.
Espero el sueño que llega a paso lento. Muy lento. Demasiado lento.

Me volteo, me volteo, me volteo,… ¿me volteo por quién? ¿Por qué? ¿Qué es lo que dejé atrás que me duele tanto?

Inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira. Expira.




* La palabra retourner se puede usar en francés para significar volver o voltear
Versión blog 1, 15 de septiembre de 2012.
Versión 2, 17 de febrero de 2016.

 

Chronique d’une dépression.v2.



Encore un dimanche matin, scotchée au fond de mon lit. Je regarde les livres de poche posés sur la table de nuit. L’à-quoi-bon m’envahit. Aucune envie ne se présente ou plutôt mille se présentent mais aucune ne me lève. Je me retourne côté pile, je fais l’impossible pour saisir le rêve que vient de me traverser. À moitié effacé, à moitié imprimé. Je me retourne côté face, attrape l’oreiller, glisse mes bras en dessous. La mécanique s’enclenche et les images reviennent peu à peu. Violentes. Je donne des coups à trois jeunes filles en sari. Leur visage est magnifique. La soie est douce. Mes poings tombent, décrochent les mâchoires, écrasent les yeux. Mes mains arrachent les cheveux à pleine poignée, frappent les têtes sur le sol. Le sang coule enfin à flot pour venir me délivrer. Quelques secondes de répit.

Mais intransigeante, exigeante, écœurante, la haine me submerge de nouveau. Alors je piétine leurs corps étendus sur le sol. La destruction, parce qu’elle sera toujours incomplète, ne me rassasie pas.

Avec la pointe du pied, je cherche, dans les draps, les recoins du lit restés froids. J’embrasse l’ours rouge qui dort dans mon pyjama. Je plisse les yeux pour regarder le monde à travers la barrière de mes cils.

Trois heures à grouiller aux quatre coins du lit comme un ver de farine. J’explore mes émotions inutilement. Tout reste insipide.

Décision action. Je passe en position assise et je mets en marche l’automate. Un pied devant l’autre jusqu’à la cuisine. Les faïences sur les murs sont plus blanches que d’habitude. Je mange mes œufs au goût de polystyrène. Je suis sur le point d’aller me recoucher. J’aimerais prendre l’air mais je suis retenue dans l’aquarium.

Le ciel est à l’automne. Je me donne une excuse. Je reprends mon souffle et retourne uriner pour la cinquième fois. Les vidanges se multiplient et scandent le va et vient des angoisses. Les troubles des profondeurs font surface.

Une personne en chair et en os pourrait peut-être m’arracher à ma torpeur mais qui viendra ?…personne. Je suis dans la catégorie: sans destinée. Je dois me soumettre au classement. Mes bras, plus lourds que le plomb, me donne l’ordre de m’assoir. Je fume et le monde se disloque davantage. Tout se transforme en carton-pâte y compris mon propre corps. Je regarde mon enveloppe. Je vis à l’intérieur, je la côtoie chaque jour et pourtant elle me semble étrangère, impénétrable.

Je reste encore là deux heures sans bouger. Rien ne me soustrait à la mélancolie.

Décision action. J’entre sous la douche. J’espère que l’eau accomplira un miracle. Je perçois des dizaines de petites mains qui me savonnent. Douceur d’une immense caresse. Je m’absente un moment. La sensation disparaît. Aigreur de la perte.

Décision action. Courir derrière le train en marche, prendre les choses en route, célébrer la vitesse. Je m’habille en dix minutes et sort dans un fracas de portes qui claquent et de verrous. La réalité va peut-être poindre et m’indiquer la bonne direction.
Les rues sont désertes, sales, incompréhensibles.
La laideur de la ville me saute à la gorge. Je marche encore et encore pour essayer de faire diversion. Le sang s’échauffe et je commence à transpirer. J’espère redevenir ce que je sais de moi. Rien n’y fait. Je me dédouble. J’ai peur pour moi-même et je préfère courir, retourner à l’appartement. Pourvu que personne ne me voie,  pourvu que personne ne sache !

Je me roule en boule dans les couvertures, le fauteuil dos à la montagne. Je préfère ne pas regarder par la fenêtre. L’extérieur me crie que la vie est belle et que je dois en jouir. Je me rends coupable d’être frigide.

La peur de mourir vient de sonner à la porte. Un souffle glacial descend sur mon crâne, glisse derrière les oreilles, parcourt la nuque. L’ascenseur tombe au fond de la fosse, la voiture sort de la route, l’avion décroche de mille mètres. Les tripes sautent au plafond avant l’impact. Mais cet instant, si court dans une situation réelle, s’étire comme un chewing-gum et il dure des heures entières en variant l’intensité. 5.5, 4.2, 3.7, 9.2 et ainsi de suite.
Mon corps est congelé puis grillé dans l’huile d’une poêle, immergé dans l’acide, enfermé dans un sachet sous vide.
Mes sens, maintenant suractivés, ne peuvent plus suivre. Tout s’emballe.

Je réagis et me lève d’un bond. Décision action. Faire. Il faut faire.
Je range mes vêtements, je les défroisse, les plie, les déplie, les replie, fait des piles. Je suis rassurée cinq minutes. Mon intérieur retrouve un peu de sérénité. Et puis en ouvrant un tiroir, le dédoublement ressurgit : les vêtements ne m’appartiennent pas. J’ai l’impression de débarrasser l’armoire d’un mort après son enterrement.

Je me secoue, je m’ébroue, je chasse les idées qui me noircissent et je fixe ma montre. Je ne sais plus ce que j’attends. Je m’embue une fois de plus.

La nuit tombe comme un soulagement. J’ai le droit de retourner me coucher. Disparaître jusqu’à demain. Mais l’autoflagellation pointe son nez. La norme ne permet pas de s’endormir à six heures du soir.

Je retourne vider ma vessie. Un peu moins de lest. Trop peu de lest. Je décolle, je m’évapore, je panique à l’idée de devenir un gaz, de me dilater. Je m’acharne à récupérer mes molécules qui foutent le camp.
Je suffoque un peu. Je me pince les bras pour que la douleur me donne forme, pour que je puisse définir mes contours.
Les trous d’air me donnent des hauts le cœur. Je m’allonge, me rassois, me rallonge, sursaute, passe le balai et vide la poubelle.

La torture fantôme passe et repasse. Rien ne bouge dans l’appartement.
Je fais la vaisselle et remue et remue les casseroles les unes contre les autres dans le placard. Faire du bruit, s’accompagner de bruit.

Je me rassois sur le canapé, le canapé encore et encore, comme un aimant. Le canapé encore et toujours, le canapé comme un amant trop collant. Je fume une autre cigarette, celle-là me donne la nausée. L’estomac se retourne un peu, sans plus.

Décision action. Je téléphone à un ami. Conversation banale qui anime et arrondit pendant dix minutes les murs de la salle. Les mots ordinaires résonnent et offrent un refuge, une pause cotonneuse.
Je raccroche.
Silence.
Effondrement.

J’ai réussi à résister jusqu’à dix heures. La norme m’autorise maintenant à me coucher.
Depuis mon oreiller, je déchiffre les titres des romans posés sur la table de nuit. Je tends le bras, abandonne, trouve le courage. J’ouvre le premier livre qui me tombe sous la main. Je lis sans comprendre des suites de mots. Ils n’ont pas plus de goût que les œufs en polystyrène de ce matin. Indistincts.
J’éteins la lumière. Avec l’obscurité, un gouffre s’ouvre sous moi. Je feins de l’ignorer comme s’il s’agissait une personne qu’on n’a pas envie de voir. Je tressaille un peu et, à plat ventre, je serre très fort dans mes poings les bords du matelas.

J’attends le sommeil qui arrive à pas lents. Très lents. Trop lents.

Je me retourne, je me retourne, je me retourne, …je me retourne sur qui ? Sur quoi ? Qu’est-ce que j’ai laissé derrière moi qui me fait tellement mal ?

 
Inspire, expire, inspire, expire, inspire, expire. Expire.

 
 
Version blog 1, 15 septembre 2012.
Version 2, 17 février 2016.