martes, 29 de enero de 2013

Cositas de la infancia.2.

Cositas de la infancia.2.
 
 
 
Cuando era niña, me vertía mercurocromo por todo lado sobre las piernas. Me vía las piernas sangrientas y me gustaba. Me escondía debajo las sabanas y esperaba que me descubrieran. Escuchaba la voz de mi madre, de mi hermana a lo lejos de la sala. Tenía calor debajo las sábanas, sudaba. No venían, no se preocupaban por mí. Desencanto. Terminaba saliendo de mi escondite. Yo recibía un regaño. Cuesta muy caro el mercurocromo.

Cuando era niña, creía escuchar una pequeña bestia, un pequeño insecto. Un pequeño grillo en el fondo de mi almohada. Nadie lo escuchaba salvo yo. A veces, no lo oía y debía buscarlo en todos los rincones de la almohada. A veces yo pensaba que había emigrado hacia otra almohada. Me entraba el pánico un poco y después lo encontraba. Pensaba que él estaba aquí para mí, para ayudarme a dormir. Un día, me explicaron que era la sangre en mi oreja, mi propio pulso. Era muy decepcionante como explicación.

Lo oigo todavía a veces, me oigo vivir et me duermo, arrunchada por mi pequeña chicharra personal.

Cuando era niña, me gustaba jugar en el baño. Me imaginaba que el guante era un bolso de carbón. Y yo era una pobre sirvienta, una esclava, una Cosette. Mi papel preferido en igualdad con Cenicienta. Mi dueño me mandaba a buscar carbón. Me iba, bolso sobre la espalda, hacia paticas con mis dedos y caminaba sobre el borde del lavamanos. Llenaba de agua el guante y me devolvía a la casa de mi ogro, el porta-jabón, siempre caminando con mis deditos en el borde del lavamanos. Pero cuando llegaba, el agua-carbón había desaparecido del guante.
El torturador gritaba” ¿Dónde está el carbón? ¡Inútil! Me destripaba y debía volver…horas jugando sobre el borde del lavamanos….y la madre que lavaba la loza del otro lado de la pared gritaba, deja de desperdiciar el agua, cuesta mucho (y no tendré más plata para poner gasolina en el tanque de tu hermano) y yo jugaba y jugaba una y otra vez la misma escena hasta que me echaban del baño. Desilusionada.

Cuando era niña, había en la sala una tele de lámparas muy gorda. Nada que ver con las pantallas planas y esquinas cuadradas. Todo lo contrario. Un día una lámpara se fundió. Sin imágenes pero con sonido. Entonces mi mama prendía el televisor como uno prende la radio. Aprendí a mirar los dibujos animados frente a una pantalla negra. Durante años. En mi cabeza, había también el color.
Me instalaba sobre la alfombra raspada con mis tartines de camembert al horno. El camembert al horno es delicioso, pero pega detrás de los dientes de adelante. Entonces me acostaba, boca abajo, y veía desfilar en mi cabeza: Bip Bip y el Coyote, Pólux y Zebulón, Casimir y Hippolyte.
Un día me ofrecieron un rompe cabezas. Me dijeron ten, es Casimir. Y ahí, lo vi de verdad, naranja, sobre la tapa. Pensé que mi corazón iba a salir de mi pecho.

El mío no era así. El mío tenía orejas erguidas sobre la cabeza.

Un día, mi mamá encontró un Kiki en la calle. Era la moda de los Kikis y costaban mucho. Entonces me veo con un Kiki, colmada de felicidad. Mi mamá se afana para confeccionar una cuna para Kiki en una caja de zapatos, magnífica, cubierta con tela amarilla de patos. Y de tejer, todo lo necesario para Kiki. Salida de baño, vestido elegante, saco para esquiar. Zapatillas de piel. Y pantalón con huequito para dejar pasar la cola. Magnífico. Tenía prisa de que llegara el lunes para llevar todo eso a la escuela, mostrarlo a todas mis amigas.
Y la hora tan esperada del recreo llegó. Gran desembalaje de Kikis en el patio. Y todas las amigas se burlaban de mí. Es un chiveado tu Kiki. No. Sí. No. Sí. Mira, compara, vez, no es igual. Dolor.  Llegué a casa en llanto. Y mi madre me consolaba. Tu Kiki es el más hermoso del mundo porque no hay dos así. Además es diferente porque es una Kika. Estaba orgullosa. Tenía la repuesta.

Un día, mi Kikette y yo atravesamos el mar en avión. Lloré en el taxi a la llegada. ¿Qué hacemos aquí? Del otro lado del mar-madre.

Cuando era niña, vi la puerta abrirse y una bicicleta entrar, después mi madre cargada como  un burro. Paquetes por todo lado. Había atravesado la ciudad a pie con la bicicleta y los paquetes. No la habían dejado subir al bus. Mis ojos nunca fueron tan grandes. Llego al patio, me monto en la bicicleta y empezo a dar vueltas y vueltas.
Las amigas llegan.¿De dónde viene tu bici? De Carrefour. Ridículo. Risas. Los pedales son de jamón, y las manillas son de salchicha. Ridículo. Regreso a casa en llanto. Ahora me parecía fea mi bonita bicicleta azul. Deja de llorar. Tu bici es la más hermosa del mundo porque atravesé la ciudad a pie para traerlo. No viene de Carrefour, viene de lejos.

Y un día, apareció Picaillon, un oso aplastado como una galleta. Rojo. Encontrado en la calle. Mi mama lo lavó. No me gusta ver los juguetes de los niños perdidos en la alcantarilla. ¿A quién lo voy a regalar? lo quiero. Eres demasiado grande. Lo quiero. Pasaste la edad. Es verdad que ya tenía catorce años. Pero insistí. Duerme cada noche conmigo dentro de mi piyama sobre mi corazón. Recibe todas mis oraciones. Mudo y nunca decepcionante el Picaillon.

Diccionario:

Picaillon: substantivo masculino. Popular y familiar. Pieza de moneda. Sinónimo: plata. Tener Picaillon. No tener ni un Picaillon. No hay que mirar de cerca en la profesión dado que los Picaillones son escasos. (Maupassant, 1883) El abuelo había tenido la idea antes de irse de arruinarlos hasta el último Picaillon (Claudel, 1919).


Texto original en francés.

martes, 22 de enero de 2013

Petites choses de l’enfance.1.


Petites choses de l’enfance.1.

 




Quand j’étais petite, je croyais que les nuages bougeaient parce que la Terre tournait autour du soleil. Je pensais que c’était comme si nous étions montés sur un manège. On voit passer le paysage. Pour moi, les nuages étaient fixes et nous, nous tournions.

J’avais conscience d’être une enfant et que cet état était éphémère. Je regardais mes jambes qui ne touchaient pas le sol quand j’étais assise sur une chaise et je pensais : «  Un jour, mes jambes toucheront le sol, je serai adulte et plus rien ne sera comme avant. » J’essayais de profiter de mes jambes courtes. Parfois, aujourd’hui encore, je recherche ce paradis perdu et je m’assois sur un mur, un pont et je laisse balancer mes jambes, comme au bon vieux temps.

C’est pareil mais ce n’est pas pareil.

Il m’est arrivé la même chose avec la lecture. Je regardais les génériques à la fin des films. On aurait dit des hiéroglyphes et je pensais : « Un jour, je pourrai comprendre ces signes mais, ce jour-là, je perdrai la magie de ne pas les comprendre. Je perdrai mes hiéroglyphes chéris. La perte me causait toujours de la douleur. Je ne pouvais pas avoir tout à la fois. Parfois au cinéma, je ne me lève pas du fauteuil. Je garde un peu les yeux mi-clos et j’essaie de voir mes hiéroglyphes tant aimés.

C’est pareil mais ce n’est pas pareil.

Je me souviens que je mangeais des tartines de cancoillotte. Je m’en mettais partout, les doigts, la bouche, le menton. Tout mon corps collait et c’était pire quand ça séchait. Heureusement, ma mère, toujours très pratique, ne sortait jamais sans un gant humide dans un sac plastique. Elle le sortait et me lavait et j’aimais sentir que je retournais peu à peu à l’état antérieur. Fraîche, tranquille, un délice. Jusqu’à la prochaine tartine.

Je n’avais jamais vu la mer. C’était un grand rêve. Je m’asseyais au bord du lac près de chez moi. Avec mes mains, je faisais une sorte de boîte, de paire de jumelles et j’essayais de voir seulement un morceau du lac, en prenant soin d’enlever "la terre" sur les bords. C’était ma mer à moi.

J’ai toujours un peu de tendresse pour ce lac lorsque je le vois. Un peu comme lorsqu’on pense à son premier fiancé.

J’ai vu la mer pour la première fois à quatorze ans et je savais déjà qu’«un avant et un après » se profilait. Je suis restée pétrifiée. Je n’avais pas besoin de faire une boîte avec mes mains. Enfin, l’immensité était plantée là devant moi, orgueilleuse. C’était impressionnant.

Je ne savais pas encore qu’à dix-neuf ans, j’allais perdre mon frère en mer.

La nuit, je me couchais dans mon lit et je jouais avec mes pieds, j’étendais les jambes pour essayer de toucher le plafond. J’aimais regarder entre chaque doigt pour voir s’il y avait de la saleté. C’était comme un cadeau surprise. Je découvrais avec enthousiasme la petite boule noire, mon petit enfant à moi. Je les recherchais avec beaucoup d’espoir. C’était la guerre totale avec ma mère parce que je ne voulais pas me laver les pieds. Elle n’a jamais su la cause de cette rébellion.

J’observais aussi mes pieds et je savais que c’était des pieds de petite fille, et que bientôt ils se transformeraient. Je les admirais pour cela. Pour leur état fugace. Un jour de l’adolescence, je les ai regardés et je me suis rendu compte…j’avais des pieds de femme. Une autre étape commençait.

Quand j'étais petite, je pensais que la queue des chats était le slip des chats. Pour moi c'était logique : faute de morceau de tissu, les chats cachaient leur sexe avec leur queue.

Quand j’étais petite, il était impossible de marcher. Mes jambes couraient, toujours. Sautaient. Il était impossible de les contrôler. De la même façon, je me souviens que je me promettais à moi-même d’être sage et de faire tout ce que ma mère allait me dire. Je ne pouvais pas résister plus de vingt minutes. Je me décevais mais je sentais que je devais me soumettre à ma condition de petite fille. Ne pas obéir. Il m’arrive la même chose aujourd’hui, quand j’essaie de ne pas fumer, de ne pas boire, de ne pas me réveiller trop tard.

Je me souviens, qu’un jour, montée à cheval sur mon frère couché, je lui frottais mon mouchoir sur le torse. Il s’en est rendu compte : «C’est dégueulasse ! Tu me frotte tes crottes de nez sur le ventre. Et moi de lui répondre « Ce n'est pas grave. C’est de l’eau de nez. »

Quand j’étais petite, ma mère me disait avec fierté que j’étais son bâton de vieillesse….je ne comprenais pas très bien…maintenant, je pense que c’était parce que j’étais la sixième et la dernière de ses enfants…quand elle était en colère, elle me disait que j’étais son bâton de merde….je ne comprenais pas plus…et quand je faisais une bêtise, elle me criait « ouh chameau !!! » Je ne savais pas pourquoi les chameaux intervenaient dans l’histoire et je me demandais s'ils étaient aussi carne que moi.

Bien des années plus tard, j’étais devenue professeur, chargée d’une classe d’enfants de cinq ans. J’avais perdu ma mère six mois auparavant. J’étais en train d’aider les enfants à s’habiller. Je me suis agenouillée en face d’une petite fille. J’ai entré la chemise dans le pantalon, par devant, par derrière, j’ai fermé la fermeture éclair. J’ai fait un nœud avec l’écharpe autour du cou. Choc.

J’ai senti les mains de ma mère sur mon propre corps. Quand elle m’habillait. Quand j’étais debout sur la chaise jaune de la salle. Avant de sortir. Pour faire les courses au marché. Et moi, je faisais l’andouille en sautant sur la chaise jaune qui avait des ressorts. «Ah, mais, reste donc tranquille un peu ! » Mes mains sont les mêmes. Ridées, fortes, courtes. J’avais perdu ma mère six mois auparavant. Et mes mains étaient les siennes. Et je reproduisais au millimètre près ses gestes «habiller une petite fille ». Des gestes peut-être ancestraux, de ma mère, de ma grand-mère, de mon arrière-grand-mère…

 
Texte original en espagnol.
 

 

 

viernes, 18 de enero de 2013

Retour d'automne.



 

La ville est dans la grisaille. Elle a le cœur en pluie. Son mari est un déserteur. Sous les bombes, il a préféré s'enfuir comme un pleutre. Il court encore de son côté. Il l’a quittée sans la fixer dans les yeux.

Elle déjeune en regardant les miettes sur la table. Elle se rassure. Un coup d’éponge et tout sera net. Il faut tout organiser pense-t-elle. Il faut injecter du raisonnable dans la tourmente.

Elle fixe le placard de la cuisine et écoute une musique poisseuse en boucle.
Peu importe. L’enfer a toujours été derrière elle. Sa vie est montée à l'envers. Chaque jour vécu l’écarte donc de la mort. Elle sait que c’est un sentiment sans queue ni tête. Mais elle le mâche et remâche depuis qu'elle est petite. Elle ne peut pas concevoir son existence autrement. Pas de logique dans les entrailles.

Elle se répète : Alors pourquoi craindre le jour suivant, pourquoi craindre une douleur franchement anecdotique ?

Elle rêvait de chimères et d’aventures. Elle a réussi. Chaque jour est un film, chaque nuit est un roman. Du moins à ses yeux. Elle imagine autour d’elle les caméras. Et toute l'équipe qui s'affaire. Moteur!

Mais il y a un inconvénient: elle habite dans la vie réelle et le matériel encombre.

Elle ambitionne de vivre des ellipses de cinéma: les voitures ne se déchargent pas, les queues aux caisses n'existent pas, les ascenseurs ne s'attendent pas, les poubelles ne sont jamais pleines, les frigos jamais vides, les repas sont prêts, les valises se font seules, les plantes sont arrosées, les taxis sont libres...


Et soudain, elle dévore une nouvelle petite idée. Elle pense être la femme idéale la plus horripilante jamais connue. Elle apprécie le superlatif tout en rassemblant les miettes avec l'éponge.

Elle fait une petite coupe avec la main et les récupère au bord de la table, toutes collées. Elle les observe et décrète à haute voix : Insignifiantes mais chiantes, tout comme moi.






 

martes, 18 de diciembre de 2012

Chocolatina Jet.2.


Chocolatina Jet.2.

Bonjour et bon réveil avec « Tropicana Radio bouge tes fesses ».




Aujourd’hui, la Chocolatina Jet m’enseigne que je suis en ce moment une mine de cuivre. Une fois de plus, ce n’est pas un métal très précieux. Bien au contraire, on le trouve en abondance. Il est extrait des mines à ciel ouvert. Oui, à ciel ouvert. Je suis nue à ciel ouvert. Radiographiée de haut en bas. Les couches se dissipent. Aucune couverture possible. Pas même un nuage me fait de l’ombre.

Il faut que je mange encore combien de barre chocolatée pour trouver un truc intéressant ? Je ne sais pas moi: un soleil, une orchidée, une panthère. Un truc qui vaut le pet'.

Je regarde les images alignées à coté de mon bol de café.

J’ai les paupières lourdes. Le lit est en ce moment mon refuge. Et au petit déjeuner, je reste face à mes faiblesses. Je les examine une à une. Parfois, je m’en fais des oreillers. Je m’apitoie sur elles. Ou bien, je les enfile comme des perles pour m’en faire des colliers.

Petit à petit, elles me tiennent compagnie.

Comme des personnes familières que l’on côtoie. Qui vont, qui viennent et reviennent, à qui l’on rend visite et qui nous rendent la pareille.

Comme le cousin Denis ou la tante Thérèse, on prend de ses nouvelles, on lui dit bonjour et puis au revoir. On lui sert un petit apéritif. On sort les cacahuètes.

On ne se dit rien de spécial mais ça fait plaisir d’être en famille. On parle des voisins et des voisines ou bien du chien du voisin. Des proches et des lointains. Ou bien des derniers travaux effectués dans la maison, des commodités du nouveau supermarché installé au coin de la rue, de la difficulté de se garer dans le quartier.

On évite les jugements de valeur, les sujets qui blessent sur les uns sur les autres, non pas qu’on ait peur de passer pour une mauvaise langue mais tout simplement parce qu’on sait qu’ils sont comme ils sont. Qu’ils font ce qu’ils peuvent eux aussi pour nager dans la vie.

J’embrasse mes faiblesses chaque matin comme j’embrasse le tonton qui pique, la tata parfum d’antan, le cousin édenté, la sœur de la belle-sœur coquette…


Et je retire doucement le papier bleu d'une barre de Chocolatina Jet.

Chocolatina Jet.1.


Les arts divinatoires.

Aujourd’hui, je vous présente : la Chocolatina Jet.
 

La Chocolatina Jet est une petite barre de chocolat au lait. Elle est emballée dans un papier bleu et un papier sulfurisé (pour ceux qui n’ont pas de feuilles, sert aussi à rouler les pétards).  A l’intérieur se trouve une image. On peut coller ses images dans un album collector. C’est le travail des enfants. Ou bien on peut interpréter ces images comme on lit les arcanes du tarot, le marc du café, les rides des testicules de poulet.

L’image reflète donc votre météo intérieure, météo du jour, de la semaine, du mois…tout dépend de votre consommation de chocolat.

Exemple : mon tirage des dernières semaines.

1-   Je suis d’abord un herbivore préhistorique. Un truc inoffensif, informe, sans cerveau. Un machin qui bouffe de l’herbe qui n’existe même plus.

Moins qu’une vache, qui elle, si foule encore le sol de notre planète. Cela s’annonce bien.


2-    Je deviens ensuite une espèce de pou fossilisé encore plus inoffensif. Cette fois, je ne peux même plus bouger. Et moi qui rêvais d’épanouissement.





3-    C’est alors que se produit le miracle, vite avorté, il faut bien dire. Je tire une araignée et une deuxième. Coup du sort majestueux. Interprétation. Très personnelle évidemment : je vais tisser une toile avec un cher et tendre…et on va  finir par se bouffer. Ça promet.

 

4-    De mieux en mieux ou de pire en pire. Je deviens une opale. Cette fois je perds même ma qualité d’être vivant. Et ce n’est même pas une pierre précieuse, juste un truc bateau qu’on achète sur le marché.


 


5-    Et nous voilà aux balbutiements de l’humanité.C'est  l’australopithèque qui entre en scène. Il est couvert de poils. Et il traîne une bestiole derrière lui. Je suis le gibier ou le bonhomme tout nu? Que de questions existentielles!





6-    Serpent à lunettes. Cobra venimeux. Pas surprenant après tant de mois à chercher à être gentille. Faut pas déconner. Je vais t’envoyer mon venin, crachat au visage. Prends ça dans les dents!





7-    La lune planète des fous. Planète des gens aimés et perdus. Planète des femmes. Je retrouve peu à peu le goût du passé et rejoint ma solitude en même temps que ma singularité. Très ésotérique, tout ça.





8-    Et maintenant je suis un puits de pétrole. Il faudra creuser profondément dans la terre. Faire des souterrains pour retrouver l’énergie, le pétrole, le gaz  et ce sera alors le super combustible de ma nouvelle vie. Super super carburant 98 sans plomb… Ou bien ça me pètera à la gueule. Positif ou négatif, j'ai la machine à interpréter qui fatigue.


Creuse, creuse, ma fille, gratte, gratte les strates. Tout est là, enfoui, recouvert par des dizaines de couches qui n’ont rien laissé filtré pendant des années, des milliers d’années. Perfore, perfore le meilleur est à venir. Le meilleur est à l’intérieur, bien caché, c’est comme pour la salade, les endives et les Kinder surprise.


Merci la Chocolatina Jet ! Merci de m’enseigner tant de belles choses à prix réduit. Demain, je retournerai à l’Olimpica pour acheter un autre paquet et découvrir ta belle sagesse populaire au fil de tes images.

 
Comment ai-je pu vivre tant d’années sans toi ? Tu es mon phare dans la nuit. Dommage que ton chocolat soit si dégueulasse. Mais comme dit le proverbe : on ne peut pas tout avoir dans la vie. Il ne faut pas faire la difficile.

Merci les proverbes !


En attendant, l’autre tordu ne m’appelle pas. Je vais manger une barre de Chocolatina Jet pour deviner s’il arrive.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Imposture.


Imposture.
 
A bout de nerf, je tricote des pulls en laine acide.

La mauvaise mère n’est pas celle que l’on croit. Ça me donne froid aux liserons même quand j’ai les fontaines au chaud.

Entre les verres glacés, les manques m’apparaissent lisses et méchants.

Et quand je ne peux pas tout dire, quand la censure est trop forte, alors je para-dis.

En attendant, je m’étrangle avec ma biscotte récurrente.

Vite trouvez-moi une sortie de secours ! C’est comme un petit rectangle au fond d’un trou.

Et je le répète : éloignez de moi cette sorcière ou sinon quand elle sera vieille, je ne la doucherai pas.

On connait tous l’imposture et pourtant on y adhère comme un sparadrap sur une vieille croûte.

Je ne respire plus que par le petit trou de ma narine droite.

Et maintenant, j’ai la salière en bandoulière. Mes escalopes frémissent.

Les pommes de terre sont sèches. Les cafards sont trop cuits. La distance s’estompe.

Mon cœur vacille. Tachycardie des légumes verts.

C’est l’anaznamal, ce qui signifie qu’il  existe des idées noires qui deviennent rouges. En revanche, je ne suis pas d’accord avec les vieux préceptes.

Il y a encore des vœux qui restent inertes. Bon gré mal gré.  Et même si les nuages fondent comme des cordes, les moines ne préfèrent pas se serrer la ceinture.

Enfin les quatre pieds d’une chaise touchent le sol et cela me ravit.

Combien de temps faudra-t-il attendre pour que naisse la scolopendre ?
 
Il y a quelques semaines, je respirais tendrement au fond de mon lit lorsque les sanguinaires m’ont croqué les orteils. Depuis je n’ose plus être tendre, même avec mon matelas.

Heureusement, je restais sourde à leurs propos. Mais tout était si tendu qu’une larme me  sortit de la tempe.

A présent, je regrette un peu le temps des ermites accompagnés. Mais que voulez-vous les vieilles choses passent et les grues aussi.

On a tous du blanc d’œuf dans les yeux, même les fauteuils roulants se déguisent. J’en vois et j’en connais beaucoup.

Les tripes à l’oseille sont trop permissives aussi. C’est comme ça, il faut s’y résoudre.

Bien que. Les regrets mouillent plus que les remords.

Et même si l’eau ruisselle en sens inverse, on ne changera pas la chute des choses.

Il est bien normal que vous ne compreniez pas ce texte. Je suis si fatiguée d’expliquer ce qui me fait trembler.

J’en ai plein le crâne, et de mon nez sortent des petits filets de premier choix.

Je ne referai pas le monde.

Mais sans me contredire, je para-dis et l’émoi devient lourd.

 

 

domingo, 25 de noviembre de 2012

Toussaint.


Toussaint.

 

A la Toussaint tout se sait.

Les morts sont maintenant des noms sur des papiers de soie pliés en sept. Ils ne sont rien. Vraiment plus rien. Devant elle se dresse l’autel. Sur une malle de voyage, des bougies, de l’encens, des cailloux, une graine, le silence, un bonsaï, une plante qui s’ouvre et se referme, les arcanes du tarot, une spirale.

Les morts ne sont plus, certes, mais elle s’est enchaînée aux morts. Elle est une auto-condamnée. Les morts, croit-elle, lui ont donné l’ordre de courir. Courir toujours car ils lui rappellent sans cesse que le chronomètre est lancé, que le compte à rebours est déclenché. Lorsque les autres marchent, lorsque les autres se reposent, elle court.

Elle parcourt le monde, le boulet des morts accroché aux pieds. Personne ne peut la suivre, ni la rattraper, ni l’attraper, pas même la mort. Et pourtant si, un jour, le jour viendra. Alors en attendant, elle s’éreinte. C’est la peine correctionnelle qu’elle s’inflige. Elle nage à contre-courant. Elle est une pauvre petite poule d’eau dans la tourmente d’une crue.

Elle est l’énergie des morts. Leurs yeux, leurs bras, leurs jambes. Ils ne savent pas qu’ils ne la laissent pas en paix. Elle a prononcé des promesses sur leur cercueil. Elles doivent être tenues. Je serai tes yeux, je serai tes jambes, toi qui n’en a plus. Et elle n’a qu’une parole.

Mais lui ont-ils vraiment demandé quelque chose. Non rien, à aucun moment. Elle a mis des paroles dans leur bouche morte, des souhaits dans leur tête morte, des désirs dans leur poitrine morte.

Paroles, souhaits, désirs qui  n’ont jamais existé.

Alors elle prend entre ses doigts chaque papier plié. Elle lit le nom écrit à l’intérieur, articule lentement chaque syllabe, allume le briquet et met le feu. Des petites flammèches colorées lèchent les lettres. Le disparu disparaît une nouvelle fois.

Qu’ils aillent donc en paix pour qu’elle puisse enfin se reposer.

Elle renonce. Elle résilie les contrats. Elle ne dit pas « Allez-vous faire foutre les morts ! », mais un peu quand même.

Quoiqu’on dise, on en dit toujours plus que ce qu’on voulait dire.

Et à la Toussaint tout se sait.